Singapore Sling, un “tirito” que cumple cien años

Singapore Sling 1El taxi me deja en la puerta del hotel cuando las nubes negras barruntan tormenta. Me abre la puerta un sij, con su turbante y todo, que me pregunta que a donde voy. El Raffles es tan exclusivo que sólo pueden entrar huéspedes y yo no lo soy.

Me hospedo muy cerca, en el Intercontinental, que tampoco está nada mal, pero que no tiene numerus clausus de visitantes. Sin embargo sí puedo acceder al Long Bar, que es lo que me ha traído hasta aquí, pues se encuentra en el shopping arcade que rodea el edificio.

Estoy en Singapur, la ciudad-estado que con sus 5 millones de habitantes es uno de los lugares más interesantes en los que se encuentra Occidente con todas las Asias. Recuerda a Hong Kong, pero es otra cosa. Independiente solo desde 1965, aquí están aún muy claras las influencias británicas, chinas, indias, malayas…

Y uno de lo ejemplos más representativos de la época colonial es este hotel de finales del siglo XIX, que toma su nombre de Sir Stamford Raffles, gobernador británico y fundador de la ciudad.

Fachada del Hotel Raffles con adornos navideños. (Foto: P. Arcos)

Fachada del Hotel Raffles con adornos navideños. (Foto: P. Arcos)

El edificio, ahora con los adornos navideños (coronas de muérdago y ramas de abeto), lo que siempre es desconcertante en las latitudes tropicales, fue ocupado durante la Segunda Guerra Mundial por las tropas japonesas. Y después de la contienda por él pasaron todas las figuras que recalaban en Singapur, desde Somerset Maugham a Charlie Chaplin, pasando por Maurice Chevalier, Jean Harlow, Noel Coward, Rudyard Kipling, Alfred Hitchcock…

Desde 1987 es monumento nacional y sus 103 habitaciones, todas suites, pertenecen a un grupo qatarí.

Galería de un patio interior del Hotel Raffles. (Foto: P. Arcos)

Galería de un patio interior del Hotel Raffles. (Foto: P. Arcos)

Al Long Bar, situado en el segundo piso, se accede por una escalera exterior que parte de unos patios ajardinados que lucen una exuberante vegetación. En cualquier rincón de estas galerías parece que nos vamos a topar con Ernest Hemingway.

Long Bar y su escalera de caracol. (Foto: P. Arcos)

Long Bar y su escalera de caracol. (Foto: P. Arcos)

Originariamente estaba junto al Salón de Baile, pero tras la remodelación de 1991 cambió su ubicación para hacerse más accesible a todos, incluso a mí. Nada más entrar se respira un ambiente de pub inglés colonial gracias a la madera de teka oscura, que domina el espacio y a las butacas de rafia. Una impresionante escalera de caracol conduce al piso superior, pero la barra está en el de abajo.

Pai-pais de bambú movidos mecánicamente. (Foto: P. Arcos)

Pai-pais de bambú movidos mecánicamente. (Foto: P. Arcos)

La decoración está inspirada en las casas de las plantaciones malayas de los años 20. En el techo llaman poderosamente la atención filas de pai-pais de bambú movidos rítmica y mecánicamente al estilo de los punkah wallah de la India, que dotan al recinto de una atmósfera limpia y silenciosa.

Me pregunta el camarero, como es su obligación, que que voy a tomar. Le digo que un Singapore Sling y apostillo con el que creo el mejor de mis acentos británicos “of course”. Estoy a punto de rematar la jugada con un “what else”, a lo George Clooney, pero me contengo.

Y es que el Singapore Sling es más que un cóctel, es la bebida nacional de esta ciudad. No me extrañaría nada que Hemingway añadiera a su celebérrima frase “Mi mojito en la Bodeguita, y mi daiquirí en el Floridita”, “mi Singapur Sling en el Long Bar”. Ahí lo dejo.

El Singapore Sling junto al saquito de cacahuetes del Long Bar. (Foto: P. Arcos)

El Singapore Sling junto al saquito de cacahuetes del Long Bar. (Foto: P. Arcos)

Durante 2015 se está celebrando el primer centenario del cóctel, pues nació justo en este bar (bueno, en el que había abajo) en 1915, cuando se le ocurrió a un barman chino llamado Ngiam Tong Boon. Al parecer lo hizo por encargo de un cliente que quería seducir a una joven dama y no sabía como. Otros dicen que, como en aquella época no estaba bien visto que las mujeres bebiesen alcohol en público, el bueno de Ngiam tuvo la idea de hacer un cóctel subidito de tono con apariencia de inocente zumo de frutas.

Sea como fuere, este combinado rojizo con base de ginebra y piña, alcanzó enseguida gran popularidad. Lo de “Singapore” está claro de donde viene. Y “Sling”, literalmente “tirachinas”, es el nombre que se les daba a las bebidas alcohólicas sin tonos amargos. Y aunque esta lleva angostura, mantiene su denominación de “sling”, que algunos han traducido en español como “tirito”.

De textura suave, sabor complejo y graduación moderada, la receta del Singapore Sling incluye casi una docena de ingredientes:

    Mucho hielo en vaso largo.
    30 ml. de ginebra (los puristas usan Jensen’s Old Tom Gin).
    15 ml. de licor de cereza.
    120 ml. de zumo de piña (mejor si es de Sarawak).
    15 ml. de zumo de lima.
    7,5 ml. de Cointreau.
    7,5 ml. de DOM Benedictine.
    1 gota de angostura.
    1 trozo de piña.
    1 guinda macerada en marrasquino.
    1 pajita.

En el Long Bar, todas las mesas disponen de un saquito de cacahuetes sin pelar. Me cuentan que es muy curioso que, en una ciudad donde la más mínima suciedad pública está castigada por ley, haya un bar en el que del número de clientes que haya tenido la jornada de fe al final de la misma el grosor de la alfombra de cáscaras que cubre el suelo. Debe de ser una especie de venganza contra las ordenanzas que prohiben hasta los chicles para evitar que se ensucien las aceras.

Un último apunte: el precio del cóctel en el Long Bar, maní incluido, es de 36,5 dólares de Singapur (unos 23,5€). Volver
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