¡Ahora caigo!

A340/600 de Iberia en vuelo Quito-Madrid. (Foto: P. Arcos)

A340/600 de Iberia en vuelo Quito-Madrid. (Foto: P. Arcos)

Vuelo de Iberia 6454 directo de Quito a Madrid. En realidad es el 6114 de Lan operado (siempre me ha hecho gracia este verbo) por Iberia. Embarque normal, es decir, algo retrasado. Mi asiento es el 48D, pasillo. El avión, un Airbus 340/600, tiene 49 filas. Cuando llego a mi sitio, falta la butaca, en su lugar hay un hueco equivalente a un asiento. Continuar….

“Mira siempre el lado positivo de la vida”

El lado positivo
Acabo de volver de México de un viaje invitado por las autoridades de Turismo de Campeche para recorrer ese estado y luego contárselo a mis lectores. No se quien habrá organizado el viaje hasta Campeche, desde luego mis amigos de la Oficina de Turismo de México en Madrid no. Con ellos he ido varias veces a otros estados y siempre el vuelo ha sido directo entre Madrid y la Ciudad de México. En este caso los nuevos organizadores me reservan la sorpresa de ir vía Londres. Desconozco el motivo, Aeroméxico tiene 10 frecuencias semanales de capital a capital, que son más cortos, pero esta vez me desvían por Heathrow. ¡¡??!!
Llego a la T4 de Barajas a las 4 de la tarde. Los controles habituales: quítame allá esas pajas, esos tubitos de crema solar, el cinturón, los zapatos… ¡vaya, lo normal! Me pita todo, hasta los oídos, pero no me encuentran nada. Marcapasos todavía no llevo, por lo que me comenta jocoso el agente sobador que a lo mejor es que he comido lentejas y como tienen mucho hierro… me parto.
El avión de British despega a las 18:20 h. Llega a Londres a las 20:45 hora española (siempre me referiré a la hora española para no liarnos). Cambio de terminal que dura media hora en destartalados y lóbregos autobuses internos. Otro control en el que incomprensiblemente sigo pitando, por lo que después de un nuevo sobo y obligarme a descalzarme me meten en la cápsula de un escáner personal, esos que te dejan en pelotas en la imagen de una pantalla. Si no fuera por la radiación a mi me da igual. ¡Peor para el que mire! Y nada, no llevo nada y por eso no encuentran nada. Ya estaba dispuesto a aceptar las disculpas del nuevo agente sobador, pero me quedo con las ganas, ni mu. Eso sí me mete prisa para que circule cuando tengo todo mi equipaje de mano desperdigado en el mostrador, mis zapatos en la mano, mi cinturón por ahí en una bandeja, y mi honra… ¿dónde estará mi honra? Mas o menos donde el carro de Manolo Escobar, que en gloria esté.
El avión para México sale a las 23:45 h. y tras 12 horas y 45′ de vuelo (en un viejo e incómodo Boeing 767-200) llega a la capital federal a las 12:30 h. Allí más de 4 horas de espera que da tiempo de sobra para recoger el equipaje facturado, a lo que me obligan aunque llevaba etiqueta a Campeche, pasar por varios controles más, entre ellos una larguísima cola de inmigración y un simpático semáforo aleatorio que acciona uno voluntariamente apretando un botón. Si sale luz verde, adelante, pero si sale luz roja, ¡ay si sale la luz roja! Hay que abrirlo todo, revolverlo todo, cabrearse todo.

Playa de Champotón, Campeche, México (Foto: Pilar Arcos)

Playa de Champotón, Campeche, México
(Foto: Pilar Arcos)

Entre pitidos y flautas, salgo por fin del aeropuerto de Campeche a la calle a las 18:00 h. Es decir, desde que entré con frío en la T4 de Barajas, hasta que dejo sudando el Ingeniero Alberto Acuña Ongay han pasado solo 26 horitas. ¡Gracias, desconocidos organizadores!
El regreso, días después, me lo organizan vía París. Será para que conozca mundo, o aeropuertos… ¡con lo que me gustan! Evito describir la vuelta porque fue parecida. Con el agravante de una hora de retraso en México y más controles a tutiplén (electrónicos, manuales, caninos…), me barrunto que porque hasta París venían muchos viajeros con destino final en Tel Aviv, y ya se sabe que al Mosad le gusta que lleguen los viajeros bien “limpitos”.
Pero las críticas, como las leyes, no se deben hacer en caliente, y nadie pondrá en duda que ahora en Madrid hace un frío que pela.
¿Que cual es mi balance del viaje? Pues qué le vamos a hacer, soy un romántico y mi balance es positivo. Como a los Monty Python de La vida de Brian, me gusta ver siempre el lado positivo de la vida. Incluso me gusta silbar mientras comprueban que en las ingles no llevo nada oculto, o cuando echo la cuenta y veo que he tardado en el viaje casi el doble de lo normal. “Always Look on the Bright Side of Life. Fifí, fifí fifí fifí…”
Positivo, muy positivo, es haber conocido Campeche, un encantador estado mexicano algo olvidado por los tour operadores masivos, pero con una gente amabilísima (campechana, no digo más), unos asentamientos mayas importantísimos aún por descubrir, unas infraestructuras hoteleras de primer orden, una gastronomía de las mejores de todo México. Ya os contaré.
 “Luz de luna” en el Dreamliner (Foto: P. Arcos)

“Luz de luna” en el Dreamliner (Foto: P. Arcos)

Y positivo es que la vuelta (México-París) viniera en el novísimo avión Boeing 787-8 Dreamliner, lo último en aeronáutica de pasajeros, con unas butacas bastante espaciosas incluso en la clase turista, y una sensación de mayor amplitud en una cabina mejor presurizada (a 1.828,8 metros, 609,6 metros por debajo de la mayoría de los aviones), lo que reduce considerablemente la fatiga de vuelo o jet lag. Con unas pantallas personales en el respaldo de delante, dotadas con puertos USB para conectar todo tipo de artilugios, y con un sistema táctil que lo controla todo, desde las películas, los mapas de ruta, incluso la luz cenital para leer, o la llamada a la azafata que siempre pulsamos por equivocación.
Iba tan cabreado por lo expuesto más arriba, que tardé en darme cuenta de que volaba en esta maravilla. Pero el silencio del avión, roto eso sí por unas “netas divinas” que no pararon de chismorrear en toda la “noche”, me puso sobre aviso de que aquel Boeing no era un Boeing cualquiera. Una de las veces que abrí los ojos en la oscuridad, con la arenilla ocular del que no ha dormido, vi que mi vecino estaba viendo la película de Avatar. Un poco más allá, por la ventanilla entraba un halo verdoso que parecía la luz de luna de Pandora. Me restriego los ojos, pero nada cambia. Es que el 787-8 Dreamliner está equipado con unas ventanillas más grandes de lo normal y sin cortinillas. No es que, como la innombrable aerolínea-basura de low cost, hayan eliminado las persianillas para reducir gastos, es que este avión ha dotado a sus ventanillas de un sistema electrónico que controla a voluntad la luminosidad del cristal. Así, puede estar dándoles de pleno el sol pero no molestan al pasajero que puede mirar al exterior sin tener que cerrar los párpados.
Y encima todo nuevito. Casi, casi, estrené ruta, ya que me comentaron los auxiliares de cabina que el primer vuelo México-París del Boeing 787-8 Dreamliner tuvo lugar el pasado 3 de noviembre.
Mientras espero en una de las cintas de la T4 la llegada del equipaje me sorprendo a mi mismo silbando “Always Look on the Bright Side of Life”. La verdad es que me dio tiempo a silbarlo varias veces, pero al final llegó la maleta. Un milagro, “Fifí, fifí fifí fifí…”
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Detrás de la cortina verde

Detras de la cortina 1
De nuevo en un avión. Miguel Ríos vivía “en la carretera dentro de un autobús” Blues del autobús. Suscribo la letra de esa canción, pero añado: también vivo en un avión. Pues lo que decía, entro en el Airbus y me siento casi automáticamente. Mi butaca (es un decir) está en la primera fila de la clase económica. Espero a que despegue el infinito tiempo que tarda la rodadura por la pista, y no me doy cuenta hasta que hemos alcanzado la altura de crucero y la azafata corre la cortina que nos separa de la clase Business. Es entonces cuando me pica la curiosidad.
¿Qué habrá detrás de la cortina verde? He volado en Business otras veces, por supuesto, y sé que la diferencia con Economic es, además del precio, el espacio, la comodidad, el trato, la comida… Pero no sé por qué ahora se me antoja que allí va a pasar algo más, algo que no quieren que veamos los de la clase inferior.
Inmediatamente me viene a la cabeza la canción versionada por Los Llopis en los años 60 “La puerta verde”. “¿Qué habrá tras esa puerta verde? / Sólo pude ver que mucha gente allí se divertía / y que entre tanto humo todo allí se confundía. / Yo quisiera estar al otro lado de la puerta verde…” Me vienen imágenes de la película Emanuelle en la que la hoy llorada Sylvia Kristel se lo hacía en la toilet de un avión rumbo a Bangkok. De Hôtesse à tout Prix con Gwyneth Paltrow como una curvilínea azafata. De las novelillas eróticas norteamericanas de los años 70, como Sin Hostess, en las que aprendí muchas cosas, menos inglés…
Detras de la cortina 2¿Y si lo que se prepara al otro lado es una bacanal? Pego la oreja todo lo que puedo pero el ruido de los motores y el llanto de un niño “económico” no me dejan oír.
¿Obsesión senil? En 2007 una azafata de Qantas fue despedida por haber mantenido relaciones sexuales con el actor Ralph Fiennes (El paciente inglés) en los aseos de Business. Se me ocurre que podrían viajar tras la cortina verde miembros del Mile High Club, una organización que agrupa a personas que han tenido experiencias sexuales en un avión a una altura mínima de una milla. Pero vuelo en China Airlines, y que sepa solo Virgins ofrece este tipo de servicios para parejas. Incluso Singapore Airlines, en cuyos A380 hay 12 suites especiales con cama de matrimonio, se vio obligada a emitir un comunicado en el que dice que “estén donde estén en el avión, los pasajeros deben guardar la misma conducta y decoro, evitando ofender a nuestros clientes y a la tripulación”.
Me muero de curiosidad por atisbar entre las cortinas, pero no me atrevo a hacerlo. Por fin, cuando me decido, apagan las luces para que durmamos. ¿Todos? ¿Dormirán ellos? Me levanto y entreabro la cortina. Todo está oscuro, en aparente calma. Traspaso las colgaduras y rápida como el rayo una azafata me para en seco. Le miento y digo que voy a los aseos. Nanay, tengo que volver a Economic, mi váter es también económico, como mi vida. Así que me vuelvo.
Detras de la cortina 3Horas después, poco antes de aterrizar dan las luces y descorren las cortinillas. Salto al pasillo y descubro con sorpresa que las 12 butacas (estas sí) de Business van vacías. Solo un auxiliar de vuelo fuera de turno ha utilizado una para dar una cabezadita. Pero, lejos de recobrar la calma porque no ha habido orgía, me cabreo aún más.
Viajo invitado por las autoridades chinas para asistir a un congreso de turismo en Sichuán (donde los osos panda) y aunque lo solicité con insistencia, no me dieron el upgrade a Business, es decir, la autorización para que me pasasen a la clase noble en caso de haber plazas libres. ¡Y vaya si las había! Comprendo que no me den billete de Business si ello impide que alguien de pago lo compre. Pero un upgrading en vuelo, cuando hay butacas de sobra, no parece que sea mucho gasto para una invitación profesional. Antes sí se hacía, pero corren malos tiempos para todo, incluso para el upgrading, que ahora hasta se subasta.
Varias compañías, entre ellas Iberia, dejan que el viajero de Economic ofrezca vía internet cuánto está dispuesto a pagar por pasar ese nuevo telón de acero. Si hay plazas, los que hayan pujado más alto conseguirán la preciada butaca. Chalaneo aéreo. ¡Qué tiempos! Menos mal que al final del finger estaba China, mi adorada China. ¡Quién se acuerda ahora de esos cicateros!
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El juego de los errores

(Agudeza visual)

El juego de los errores
Domingo, 30 de junio de 2013, 19:50 horas. Aeropuerto de Madrid-Barajas, Terminal 2. Recogida de equipajes, cinta 12. En la imagen hay más de 30 errores (grosso modo) que puedes descubrir a poco que te esfuerces.
En las pantallas y en el mismo cartel de la cinta 12 pone bien claro que allí se están expidiendo las maletas del vuelo LX2032 de Swiss procedente de Zurich. La cinta está llena de valijas de todo tipo y al lado viajeros en doble y triple fila. Parece una imagen habitual, normal, pero está plagada de errores.
No hace falta mucha agudeza visual para darse cuenta de que nadie coge ninguna maleta. Con tanto equipaje, tanto viajero expectante de brazos cruzados ¿no parece extraño? Pues sí, lo es. Después de esperar un rato largo, más largo de lo habitual (que ya es decir), los viajeros deducimos que todas son maletas de otro vuelo, posiblemente de la TAP portuguesa, a juzgar por algunas de las etiquetas. ¿Dónde estarán sus propietarios? ¿Dónde estarán nuestras maletas?
Sigue la espera y siguen los carteles luminosos asegurando que ése es nuestro equipaje. Nadie que de una explicación. No digo una disculpa, sería demasiado. Otro rato más y sigue sin aparecer ninguna maleta del LX2032. Una empleada de Iberia que acierta a pasar por allí nos dice que eso es cosa de Aena. En el mostrador de equipaje perdido (Lost & Found), justo al lado de la cinta, nos aseguran que eso nos es asunto de ellos. Empiezan los nervios y a alguien se le ocurre pulsar el botón rojo de la Parada de Emergencia para forzar una respuesta. La cinta se detiene y las maletas, varadas sobre ella, parecen implorarnos que las recojamos. Nadie en el aeropuerto se da por aludido. Nadie viene a darnos una explicación. No digo una disculpa, sería demasiado.
No nos queda otra que buscar cinta por cinta y por fin, en otra, alguien recoge una maleta. “Pues ese señor venía sentado delante de mí”, dice una mulata caribeña que venía sentada delante de mí. Así que deducimos que las de esa cinta son las maletas de Zurich, aunque ponga Amsterdam. Efectivamente, poco a poco van goteando nuestras queridas y reconocibles maletas. Cuando nos vamos tirando de ellas, la cinta 12 sigue parada y aquel equipaje, ahora solitario, parece llorar como niños que no encuentran a sus papás.
Fijaros bien, en la imagen hay más de 30 errores (grosso modo) uno por maleta. O a lo peor solo hay uno, ya me comprendéis. Volver
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Por un puñado de (míseros) euros

Por un punado de (míseros) euros
Ya lo sabía, pero no por sabido ha dejado de sorprenderme. Llego a la T-4 de Barajas y mientras espero la media horita que tardan en llegar las maletas a la cinta, paso por el WC (que en el avión en el que he venido solo había un retrete para todos los pobretones de la clase económica). Y junto a la puerta del odoro (el “in” hace tiempo que aquí lo perdió) me los encuentro alineados y encadenados: son los carritos portaequipajes.
Barajas ha sido el primer aeropuerto de España en cobrar un euro por el uso de estos utensilios que, desde que desaparecieron los maleteros (aunque ahora están volviendo por culpa de la mal llamada crisis) eran gratuitos. Es la punta de lanza de un proyecto que se extenderá (si no la hecho ya) a los aeropuertos de Barcelona-El Prat, Málaga, Palma de Mallorca, Gran Canaria, Tenerife Sur y Alicante.
Un viajero mira extrañado la máquina expendedora de fichas. Un cartel luminoso en español e inglés informa que hay que insertar un euro o una tarjeta de crédito para que salga una ficha, que posteriormente tiene que introducir en una ranura del carro que se la tragará para siempre. Una vez utilizado, el carrito se deja en la terminal donde los empleados de la compañía Clece se encargan de llevarlos a los puntos de recogida.
Pero lo cierto es que he constatado sin esforzarme mucho la existencia de algunos carritos valduendos (solos, desamparados, vagabundos, sin dueño…) porque ya no hay suficiente personal para hacerse cargo de ellos. Al parecer, tras un ERE (la empresa que no haya aplicado uno últimamente que levante la mano) estos operarios (que ya no se dice “obreros”) quedaron reducidos a la mitad y, claro, no dan abasto.
Aena aduce, como siempre, que es una medida para hacer rentable la gestión, que el mantenimiento de la flota de carritos libre de ataduras es muy caro. Que con esto del euro por carrito espera (subrayo lo de “espera”) ahorrar 8 millones de euros al año en toda la red de aeropuertos. Que solo en Barajas, la gestión del mantenimiento de los carritos suponía 3,7 millones de euros anuales, que ahora se reducirá a 500.000 euros.
Espera: Para empezar, nadie valora la molestia que supone llegar de un vuelo, quizá largo, sin duda incómodo, y encontrarte con esto. Ahora que todas las maletas, maletines y casi hasta los monederos llevan ruedas y asas para tirar de ellos, los carritos solo los van a usar fundamentalmente las personas mayores, sin fuerzas suficientes, o los que viajan con niños (que ya llevan sus propios carritos o cochecitos) y no tienen manos suficientes…
¿Cuánto tardarán en aparecer las fichas piratas que solo cuesten 50 céntimos? Yo no digo que no se pague el uso de los carritos, ¡Dios me libre!, pero ¿sería tan difícil incluir el dichoso euro en el billete de avión, igual que se incluyen (en el caso de España) los impuestos de aeropuerto? Y esto vale también para el precio de un desabrido café a bordo o un vasito de cocacola de botellón. ¿No puede cubrirlo el precio del billete?
El problema no es la anécdota del carrito o del cafetito, sino la filosofía de pagar fraccionadamete, poco a poco, por todo en cualquier parte, para que parezca que se paga menos. El ansia de rascar euros aquí y allá. ¿Cuánto tardarán en poner cerraduras en los cuchitriles-váter de los aviones que para poder abrirlas haya que meter una moneda o una tarjeta de crédito? Lanzo la idea de forma gratuita a las roñosas aerolíneas que no me dan nada gratis (la que no lo sea que no se de por aludida). ¿Falta mucho para que el chorrito de aire, que pretendemos que nos llegue a la cara para no sudar demasiado cuando estamos sentados en nuestras confortabilísimas butacas, solo funcione previo pago? ¿Qué incluye el precio del vuelo? Esa es la cuestión.
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Tanto pesas, tanto vales

Tanto pesas
Sólo era cuestión de tiempo. Ya me lo veía venir hace más de un año cuando denuncié (¡qué pretencioso!) en este mismo blog, “Obesidad y exceso de equipaje” esa campaña internacional contra los gordos que ahora es más que evidente. En su obstinación de cobrar por todo, las aerolíneas han franqueado ya esa delgada (o gruesa, en este caso) línea roja que es el peso personal, corpóreo, del pasajero. Y no ha sido la innombrable irlandesa, sino Samoa Air, una compañía chiquita pero, por lo que se ve, matona..
Samoa Air ostenta ya el dudoso honor de ser la primera aerolínea que cobra al peso.

Reserva de billete de Samoa Air donde figura el peso del equipaje y el del pasajero

Reserva de billete de Samoa Air donde figura el peso del equipaje y el del pasajero

Como lo leéis, un “fat tax”, o impuesto para gordos. No es que vuestro billete os de derecho a X kilos de equipaje, no. Es que vuestro equipaje, pesado junto a vosotros mismos, da el índice por el que os cobrarán el viaje. En la web de Samoa Air (a partir de ahora la línea caradura) lo explican clarito: “Mantenemos las tarifas aéreas justas, cobrando a nuestros pasajeros sólo de acuerdo a lo que pesan. Usted es el dueño de su tarifa. No más tasas exorbitantes de exceso de equipaje. Su peso más su equipaje, eso es lo que paga. Simple”. Y el jeta del director ejecutivo, Chris Langton, se atreve a apostillar: “No hay tasas extras en términos de exceso de equipaje ni nada, es sólo que un kilo es un kilo”. ¿Entendido?
La cosa es simple y desvergonzada. Por internet hacemos la reserva teniendo que rellenar una casilla con el peso del equipaje y otra con nuestro propio peso. De la suma de ambos se establece la tarifa a pagar. En el aeropuerto, antes de embarcar, se nos pesa en una báscula para comprobar que no hemos mentido, o que la noche anterior hemos cenado más de la cuenta.
Samoa es un pequeño archipiélago (dos islas principales y varios islotes) en el Pacífico Sur, al este de Australia, que se independizó de Nueva Zelanda en 1962, antes había sido colonia alemana. Sus 170.000 habitantes viven fundamentalmente de los cocoteros (aceite) y empiezan a sacarle rendimiento al turismo. Mal comienzo. Muy cerca hay otros “paraísos” como Tahití (Francia), Fiji, Tonga, Vanuatu, Kiribati… que de momento no discriminan a los pasajeros gordos.
La pequeña aerolínea caradura (dos avionetas de 9 asientos y una de 3), que nació el año pasado, pretende justificar la medida como una ayuda para erradicar la obesidad galopante del archipiélago (sic). Según la OMT, el 75 % de los samoanos padecen sobrepeso. ¡Y yo que tengo que ver con eso!
Si prospera, no sería extraño que se contagiase a otras aerolíneas. Ya nos imaginamos cual sería una de las primeras en abrazar la idea. ¿Y qué va a ser lo siguiente? ¿Que cobren más a los asmáticos calculando el oxígeno “extra” que van a consumir? ¿Que calculen las ventosidades que expele cada viajero en función de la alimentación que ha tenido en los tres días anteriores al vuelo y que se les cobre por el enrarecimiento “excesivo” del aire y su posterior higienización? ¿Que en función del índice de abrasión de la ropa que llevemos en el vuelo, se nos cobre por el desgaste “anormal” de la tapicería de los cada vez más incómodos asientos? ¿Que se nos controle la temperatura corporal y se nos haga pagar por esas décimas de más que sumadas a las de otros pacientes (perdón, viajeros) obligan a potenciar el aire acondicionado frío, lo que incrementa el gasto en la ventilación de la cabina?…
En fin, que si la unidad viajera ya no es la persona, si no el kilo, insisto en que la única forma de que me piense su aceptación por mi parte sería que, en esta nueva democracia que al perecer hay que refundar, a la hora de ejercer el derecho al voto se hiciera bajo la máxima “Un kilo, un voto”.
¿Y si nos dejamos de tonterías y nos centramos en dar un buen servicio, unos precios justos, unos itinerarios sensatos y un trato agradable? Volver


Aeropuertos invisibles, cinturones desaparecidos

Aeropuertos invisiblesNo es que no se puedan ver, pero no los vemos. Por lo menos a mi me pasa frecuentemente. Paso por los aeropuertos (¡cómo si no iba a coger un avión!) pero casi nunca los veo. No los veo a la ida, pero tampoco a la vuelta. Paso por ellos sin que la camisa me llegue al cuerpo, al menos desde hace algunos años justo cuando los trámites y controles aeroportuarios empezaron a convertirse en una pesadilla, que culminó con la misteriosa pérdida de mi cinturón en Barajas. Nunca más supe de él.
Fue hace tres años. Iba a Brasil y el avión salía por la noche de Madrid. Al mismo tiempo que había ido decayendo la exigencia de descalzarse para pasar el control de seguridad (placebo de seguridad lo llamo yo), empezaba a ponerse de moda que nos obligaran a quitarnos el cinturón. Esa manía no ha pasado. No hay normas fijas y parece que todo depende del criterio del responsable de turno o del estado del humor personal que ese día tenga el funcionario inquisidor. Pues bien, yo no me lo quité y al pasar por el arco detector de metales pitó. Tuve que volver a cruzarlo y dejar la correa, solitaria, en el túnel del escáner. Automáticamente me convertí en sospechoso y fui cacheado concienzudamente por delante y por detrás. Ni qué decir tiene que cuando fui a por mi cinturón había desaparecido. Ni rastro de él, y así sigue tres años después.
Pues encima me llevé la bronca del benemérito que me acusaba de no haber estado atento a mis pertenencias. ¡Cómo lo iba a estar mientras él palpaba mi fondillo! Y como yo había adelgazado un poco (cosa rara, pero que pasa sin previo aviso de vez en cuando) los pantalones se me caían. Reclamé en la ventanilla correspondiente y a la pregunta automatizada de la aburrida señorita de que si el objeto desaparecido era de valor, contesté a la indolente empleada que para mí era de mucho valor, a la vez que abría la mano que sujetaba la cinturilla de mis pantalones y estos se deslizaron hasta los tobillos. A punto estuve de ser acusado de escándalo público. La nochecita se cerró en la tienda de Salvatore Ferragamo (la única abierta a esas horas) donde tuve que comprarme el cinturón más barato que había: ¡144 euros! No perdí el vuelo de milagro.
Valga esta batallita para corroborar mi auténtico y fundado terror a los controles aeroportuarios, que nunca sabes por dónde te van a salir. Pues ese miedo se traduce en nervios, y esos nervios me obligan a poner los cinco sentidos (o cuatro, o los que tenga) en no perder los billetes ni el pasaporte (no aguantaría ser un tombé du ciel), en el equipaje para facturar (¡San Antonio de Padua, que no me pierdan la maleta!), en el equipaje de mano (¡que no me hagan pagar sobrepeso!), en el overbooking (¡que no se inventen otro delito legal!), en el expolio de lo que llevo encima (ya siempre llevo dos cinturones, por si acaso), en la localización de la esquiva puerta de embarque… en tantas cosas que, poco o ningún tiempo me queda para contemplar las bellezas arquitectónicas del edificio, si las hubiere, y si me apuran hasta para orinar.
Eso sí, una vez instalado (embutido sería mejor decir) en la butaca del avión rumbo a mi destino, o sentado en el taxi hacia el hotel, sí guardo la sensación de que el aeropuerto en cuestión ha sido cómodo o no. Generalmente es cómodo el que está bien diseñado, y el que está bien diseñado suele ser bonito. Pero unos y otros son invisibles.
Así que como deseo de Año Nuevo me he propuesto prestar más atención a los aeropuertos. Y como toda intención de Año Nuevo, seguro que no lo cumpliré. Volver


Abróchense el cinturón… súbanse el escote

“Señores pasajeros abróchense el cinturón de seguridad, mantengan el respaldo de su asiento en posición vertical y su mesita plegada. Les recordamos que no está permitido fumar en el avión”. Esta letanía forma parte de la rutina habitual de un despegue y, como con la demostración de seguridad, la atención del pasajero es proporcionalmente indirecta a sus horas de vuelo. Pero la monotonía puede acabar, y a no mucho tardar es probable que escuchemos: “Abróchense el cinturón… súbanse el escote”.
No me invento nada. Leo en “The Sydney Morning Herald” que recientemente a una mujer estadounidense se le impidió subir al avión que tenía que llevarla desde Las Vegas a Nueva York, porque a los responsables de Southwest Airlines les pareció que su escote era demasiado provocativo para volar en su compañía.
Southwest Airlines es una aerolínea low cost, ya sabéis, de bajo coste si te ciñes a todas sus imposiciones, y que deja de ser low para convertirse en high cuando empiezan a cobrar todo tipo de extras. Es también una de las aerolíneas con más ganancias del mundo, aunque en 2008 fue denunciada por la Administración de Aviación Federal (FAA) por permitir volar a 117 de sus aviones sin cumplir las normas de seguridad aérea, según publicó la CNN.
A la pasajera pechugona no le ha debido de hacer ninguna gracia la moralina de la aerolínea texana que ni siquiera solucionó el asunto como lo hacía la censura franquista en TVE, colocando una flor bien hermosa en el desbordante canalillo, aunque cobraran, eso sí, un nuevo extra por demure floral apply (aplique floral recatado). Es una idea.
Según Sam Poullain, portavoz de Skyscanner, que también difundió la noticia, no hay duda de que Southwest Airlines buscaba la comodidad de sus pasajeros, la mayoría de ellos estadounidenses, pero añade no sin sorna que si las tasas de equipaje siguen aumentando es probable que no se repita esa situación ya que los pasajeros cada vez enseñan menos carne. La tendencia es que la gente suba a bordo con más ropa para evitar un sobrepeso en la maleta. Es otra idea.
Pues precisamente Skyscanner, uno de los más populares buscadores de vuelos baratos, acaba de hacer una encuesta entre 2.700 usuarios de aviones sobre las cosas que más les incomodan de los demás pasajeros. Y ¡oh sorpresa! los escotes amplios sólo molestan al 4% de los encuestados, me atrevería a aventurar que la mayoría de ellos, mujeres.
El principal motivo de incomodidad son los hombres con pantalones ajustados de tiro corto (vamos, los anti Cachuli) que dejan ver por detrás la “hucha” del comienzo de los glúteos, lo que los americanos llaman builder’s bum o “nalgas de obrero”. Están en contra un 28% de los consultados.
En el segundo lugar del repudio aéreo están las manchas visibles de sudor en la ropa (22%), seguido de los vientres cerveceros al aire (18%), los dibujos ofensivos (no especifica qué es lo que ofende) en las camisetas (12%), y los calcetines blancos con sandalias (9%). En sexto lugar, como ya he dicho, que las mujeres enseñen el canalillo del escote (4%), y después que a los hombres se les vea el vello del pecho (2%), las joyas que al moverse hacen ruido (2%), las camisetas de equipos de fútbol en general (1%), y cierran la lista otra vez los pantalones de tiro corto, pero esta vez los de las mujeres cuando dejan ver parte del tanga (0,5%).
Mi duda es si esta encuesta es extrapolable al resto del mundo o si solo es representativa de las manías del viajero norteamericano. En cualquier caso ¡vaya ganado sube a los aviones!
Estoy volando, miro de reojo a mi vecina de asiento y doy gracias al altísimo de que todavía no haya llegado la nueva recomendación de las azafatas: “Abróchense el cinturón… súbanse el escote”. Volver


¿Seré masoquista?

Los aviones (y todo lo que les rodea) son en sí mismos un mundo. En los aviones pasan muchas cosas, en realidad pasa de todo. En un espacio bastante reducido (sobre todo en la clase económica y no digamos las vergonzosas low cost), todo se potencia, todo se magnifica, como dirían los concursantes de Gran Hermano.
Viajar en avión podría ser un fin en sí mismo. Antes yo tenía un sueño inalcanzable que consistía en subir a un avión en un aeropuerto, bajar en otro y sin salir de la zona de tránsito, volver a embarcar. Y así sin parar hasta que el cuerpo y la visa aguantasen. Ya he renunciado a él. Hace unos años, no muchos, empecé a darme cuenta de que volar ya no era el placer de antes, que volar ahora es casi un suplicio.
La primera vez que viajé en avión tenía 4 años. Fue un vuelo Madrid-Barcelona.
Ese muchachito de la foto en blanco y negro que baja en El Prat por la escalerilla de un DC-4 de hélices con una cajita de napolitanas de chocolate en la mano soy yo. Desde entonces ¡por cuántas escalerillas (o fingers) no habré pasado! Y he constatado que esto de volar va de mal en peor.

Hoy los incordios de viajar en avión son legión. Las horas de antelación (a veces hasta tres) con las que hay que ir al aeropuerto. La falta de tolerancia (ellos dirían “tolerancia cero”) en el tamaño y peso del equipaje de mano que en líneas como la innombrable (empieza por el nombre de un soldado cinematográfico al que había que salvar y acaba por air), que ya raya en el trolero histerismo recaudatorio. Las colas en facturación por falta de personal. El overbooking permitido (esto sí que es bueno, ¡un delito legal!). Los muy a menudo lentos controles de identidad. Los siempre exasperantes y hasta humillantes controles de equipaje de mano y de vestuario propio (algún día contaré como en Barajas me perdieron una noche un cinturón en el escáner sin que nunca se volviera a saber nada de él, lo que me obligó a volar hasta Sao Paulo sujetándome los pantalones con la mano para no incurrir en delito de escándalo público). Las carreras arriba y abajo hasta las puertas de embarque, que suelen estar bien lejos y a veces cambian de ubicación como si fueran el ratón y nosotros los gatos. Los empujones a la hora de pasar el último control antes de entrar en cabina. El control imprevisto que a veces salta como un radar de carretera camuflado justo cuando se acaba el finger y empieza la aeronave. La lucha por un espacio en los compartimentos para el equipaje de mano, que si te descuidas están todos llenos, después de haber discutido por señas con un señor que habla un idioma indescifrable y que había confundido el asiento 35H que ponía su tarjeta de embarque con el 27C que ponía la mía, y que ya estaba sentado en el sitio donde yo tenía que situarme. La incomodidad irritante de unos asientos estrechos, impracticables para los que pesan más de 90 kilos, duros, amontonados, en filas tan pegadas que a los que miden más de 1,85 las rodillas se les pegan a la barbilla. El tiempo que dedica el avión a rodar por pista como sin rumbo concreto, o parado en la misma con los pasajeros a bordo, hasta que recibe el OK para el despegue. El precio “extra” que hay que pagar por comidas o bebidas, y la mala calidad de las mismas (el zumo de naranja es un clásico). O que cuando llegan a tu fila, el pollo del menú ya se ha acabado y sólo queda la posibilidad de comer un pescado igual de repulsivo que el pollo pero inidentificable. La repetición, en muchos aeropuertos donde solo se hace escala técnica (si es al extranjero), de los controles anteriores. Y los que se hacen otra vez en el aeropuerto de destino…
Y sin embargo, cuando tras el rodaje en la pista de despegue noto que las ruedas ya no tocan el suelo, cuando subo y subo hasta traspasar las nubes y oigo ese ding dong que parecen las dos primeras notas de “Hey Jude”, me siento el rey del mundo y adoro volar una vez más. ¿Seré masoquista?


      

¡Máscaras caerán!

Hoy un turista sin los aviones no es nada. Por supuesto que se puede viajar en tren, en coche y hasta a pie, pero tarde o temprano querrá ir más lejos y más rápido, entonces no tendrá más remedio que coger uno (o varios) aviones.
Desde que empecé a pensar en este blog tuve claro que uno de sus apartados lo tenía que dedicar a los aviones, a las cosas que pasan en ellos, a las cosas que se sueñan en ellos. Son muchas las horas de vuelo para tirarlas a la basura.
Pero necesitaba un título para la sección. Debe de ser deformación profesional de periodista, pero yo suelo pensar las cosas con títulos ¡y a veces hasta con sumarios! En este caso no fue así.
Hace poco, viajando hasta y por Chile siempre en aviones de Lan, (Madrid-Santiago, Santiago-Atacama-Santiago, Santiago-Pascua-Santiago, Santiago-Punta Arenas-Santiago y Santiago-Madrid) saltó la chispa mientras ponían por enésima vez el vídeo sobre la seguridad a bordo, esa cosa tan graciosa que hacían antes las azafatas (algunas todavía lo hacen y Martes y Trece también lo hicieron) señalando con las dos manos las puertas de emergencia, y que ahora se ha sustituido casi por completo por un soso vídeo de animación. En un momento dado, la voz en off aseguraba que “Si es necesario el uso de oxígeno, máscaras caerán automáticamente sobre su asiento”. Esa frase, repetida ocho veces en pocos días se me quedó grabada en la mente y en una pequeña cámara que hace vídeo y que nunca se separa de mí. Lo de “máscaras caerán” (que nunca lo veamos) se me antojaba apocalíptico, como una sentencia de Nostradamus: “Piedras incandescentes caerán del cielo y no quedará nada que no sea consumido”. Me hizo gracia, pensé que era muy aeronáutico, y ahí está.
Por cierto, volando de Santiago a Isla de Pascua (cinco horitas de nada) una de las veces que desperté en medio de la somnolencia aérea (algún día hablaré de la modorra de los aviones) vi en la pantalla la imagen del GPS que da la situación de la nave en tiempo real. El susto fue grande, estábamos en medio de la nada, veníamos de ninguna parte y a ninguna parte íbamos, el avioncito blanco dejaba una estela roja en mitad del infinito azul como única referencia. Pero el espanto duró poco, la siguiente imagen “desde más arriba” indicaba que ya no faltaba tanto para Rapa Nui. Aquel día las máscaras tampoco cayeron. Mejor así.

3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Paco Nadal
    Dic 12, 2011 @ 12:22:35

    Recuerdo es momento… azul total. Da yuyu, sí. ¿Conoces los hoteles de Montfortinho? Estuve en el Fonte Santa, muy bueno y bien de precio. Saludos compañero

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    • Fernando Pastrano
      Dic 12, 2011 @ 13:29:07

      Hola Paco. Después de la experiecia Lan chilena, volví al Perú y tuve la experiencia Lan peruana, esta vez sin azul total, pero con el mismo vídeo.
      El Fonte Santa es de lo mejor de Monfortinho. Junto con el Astoria, un clásico de los años 40, pero también totalmente renovado.

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  2. Mónica Interface
    Dic 14, 2011 @ 10:24:22

    De verás me ha encantado, sobre todo la imagen de la nada en el vuelo a Pascua yo sentí exactamente lo mismo. Aunque te tengo que decir que creías que ibas a mencionar como anecdota apocalíptica aérea los rezos somnolientos en arameo de un cura durante un vuelo de 13 horas mientras el resto del pasaje duerme!!! Inolvidable también!!!

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