Grafitis y monstruos en la Patagonia

Puerto Natales, Chile (Pilar Arcos)

Puerto Natales, Chile (Pilar Arcos)

Era una tarde lluviosa en Puerto Natales, una tranquila localidad de la Patagonia chilena. Ya iba a anochecer y había poca gente en las calles a las que llegaban rachas de viento frío procedente de los glaciares cercanos. Calles tranquilas, rectilíneas, sin sorpresas. Por eso fue más chocante toparme de pronto con una enigmática pintada: la silueta de un hombre sonriente sobre la leyenda “GRACIAS X SU VOTO. SORRY LOS ENGAÑE”. El grafiti me dejó perplejo. ¿Quién sería? ¿Qué querría decir?
Esta foto ha estado bastante tiempo apartada (no olvidada) en el archivo sin que la hiciera pública. En cuanto al continente, no era un fotón, pero tampoco un fotingo. En cuánto al contenido, no sabía realmente qué significaba. Pero ahora, por fin, he desentrañado el misterio.
Puerto Natales es una población pequeña (unos 17.000 habitantes) y tranquila, ya lo he dicho, paso obligado para acceder al Parque Nacional Torres del Paine y los glaciares de Balmaceda y Serrano, las joyas de la corona de la Patagonia chilena.
En la Nochebuena de 1894, dos exploradores alemanes llegaron aquí y bautizaron Natalis al río, en cuyas orillas crecería la ciudad que vivió durante muchos años de las vacas y las ovejas en estancias gestionadas por baqueanos, los gauchos que en vez de en la pampa trabajan en las montañas. Hasta que llegó el turismo atraído por los numerosos lagos, montañas, campos de hielo… agrupados en los dos grandes parques nacionales, el Bernardo O’Higgins y Torres del Paine.
Muy cerca, están también las Cuevas del Milodón, tres cavernas descubiertas en 1896 en las que se han encontrado restos de tigres de dientes de sable o smilodones, y sobre todo de un gran mamífero de la familia de los perezosos llamado milodón. Grandes herbívoros de más de 3 metros, cubiertos por largos pelos rojizos con los que combatían el frío, que se extinguieron hace unos 10.000 años y que podrían haber coexistido con los primeros seres humanos. Además de sus huesos y su dura piel, los expertos estudian sus coprolitos (heces fosilizadas) que abundan en las cavernas.
A la vista de la foto en cuestión queda claro que Puerto Natales no figurará entre los destinos mundiales más interesantes por sus grafitis. Nunca será la East Side Gallery, la parte del Muro de Berlín que aún queda en pie, ni el Muro de John Lennon de Praga. El anónimo autor de esta pintada hecha con una plantilla y un spray tampoco está a la altura de un Banky, un Kripoe, o un Basquiat. Pero este sencillo dibujo, que me recuerda a los de Franco de la posguerra (ojo, me los recuerda aunque yo no viví aquella época, como tampoco viví la Belle Epoque, por ejemplo, pero conozco la estética del charleston). Pues eso, este alegato, me dicen unos amigos chilenos, es la prueba gráfica de la rivalidad entre partidos.
El señor sonriente de pelo blanco es el alcalde de Puerto Natales, Fernando Paredes, elegido y reelegido por la oficialista y derechista UDI (Unión Democrática Independiente). El autor de la pintada, que irónicamente pide perdón a los que votaron a Paredes por engañarlos, puede ser cualquier socialista, democristiano, o miembro de la Concentración de Partidos por la Democracia, coalición de partidos de izquierda en la oposición.
Sin querer queriendo, como diría el Chavo del Ocho, inmediatamente transpuse todo esto al escenario español, y claro, junto a políticos de uno y otro signo paseaban milodones como Pedro por su casa. El olor original de los coprolitos era insoportable. Volver

Turismo apocalíptico

Mujeres mayas de Chichicastenango y estela de Quiriguá (Pilar Arcos)

Mujeres mayas de Chichicastenango y
estela de Quiriguá (Pilar Arcos)

Los turistas viajan por muchos motivos. Por supuesto porque les gusta, les divierte, lo pasan bien, pero también por emulación o por estatus. Y escogen sus destinos por esos mismos motivos: porque un amigo ya fue allí, porque se lo puede permitir, porque está de moda… Estos días la moda está en el llamado Mundo Maya, aunque realmente casi nadie creía en el fin del mundo, si lo hubieran creído no habrían salido de casa. Pero es que queda tan fashion ir a Tikal o a Chichén Itza.
Ya en 1975 Louis Turner denominó a las masas de turistas “La horda dorada”. Se mueven como las del Gengis Kan, arrasando. Por eso son hordas. Pero con una diferencia sustancial, llevan consigo la Visa. Por eso son doradas.
“Bajarán del cielo los dioses y acabará una etapa”, decían las estelas mayas. Y la mayoría de los indígenas, especialmente sus jefes, no han querido aclararlo, les venía muy bien el equívoco de pensar que era el fin del mundo. Pues sí, han bajado del cielo en aviones con sus billeteras hinchadas, y han comprobado lo que se barruntaban, que solo era el fin de un ciclo y que la vida sigue igual… o peor. Que el 21 de diciembre se cerraba el decimotercero baktún y empezaba el decimocuarto, que acabará dentro de 5.125 años.
Había que aprovecharlo, que para el próximo vaya usted a saber quien anda por aquí. Así que desde hace tiempo se había empezado a marear la perdiz (o el quetzal) y se habían organizado absurdos rituales, ceremonias más o menos espurias, fuegos artificiales en los países que conforman la Organización Mundo Maya: México, Guatemala, Belice, El Salvador y Honduras.
Como resultado, en los cuatro primeros meses del 2012, la llegada de turistas al estado mexicano de Quintana Roo aumentó un 13,6 %. Los hoteleros del caribe mexicano admiten un incremento del 10% en la ocupación de sus instalaciones. El Instituto Nacional de Migración de México señala que también han aumentado las solicitudes de extranjeros para permanecer 180 días en el país.
De todos los países del Mundo Maya, México es el más potente y el que más ha invertido en el invento, concretamente 8,5 millones de dólares, para atraer a 52 millones de viajeros. Le sigue Guatemala, donde calculan que solo por este motivo han recibido unos 200.000 turistas extranjeros. Las autoridades guatemaltecas “purificaron” oficialmente una veintena de lugares sagrados mayas para celebrar las ceremonias apocalípticas.
Los demás países del grupo también se han beneficiado, aunque su potencial sea menor. Honduras ha invertido 300.000 dólares en la promoción, fundamentalmente en las redes sociales. En una gran concentración popular en Copán, se hizo un llamamiento a la paz en la nueva era y se pasó el cepillo. Entre turistas y lugareños reunieron 2 millones de dólares, que es un buen aguinaldo, aunque la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú haya criticado la mercantilización del acontecimiento.
En El Salvador, los festejos mucho más modestos, se centraron en la zona arqueológica de Tazumal, mientras que en Belice, al borde de la quiebra económica, casi no ha habido promoción.
En cualquier caso ha ganado el turismo. Los motivos dan igual. ¿A quién importa que la Tierra Media no exista y que el Hobbit sea un invento? Lo que cuenta es que gracias a la novela de Tolkien y las películas de Peter Jackson, Nueva Zelanda ha multiplicado por diez el número de turistas. ¿Qué el apocalipsis maya no era tal? Pues me da lo mismo. Lo que cuenta es que muchos turistas, que de otra forma no lo habrían hecho, han ido hasta esas maravillosas tierras y de paso se han dejado allí algunos dólares. Volver

En el corazón de las tinieblas

Restaurante “Unsichtbar” (Invisible), en el Mitte (distrito Centro) de Berlín

Restaurante “Unsichtbar” (Invisible),
en el Mitte (distrito Centro) de Berlín

Encumbrados los cocineros, algunos hasta las cotas de la divinidad; explorado todo lo sondable en materia de comida, parece que una de las tendencias gastronómicas es situar los restaurantes en lugares raros. Casi no importa lo que se coma, lo que interesa es comerlo en un sitio extraño. En una especie de andamio al aire libre, por ejemplo, colgado a 50 m. de altura (“Dinner in the Sky”, Bruselas). O tomar el sushi expuesto sobre los cuerpos desnudos de mujeres tumbadas en la mesa (“Nyotaimori”, Japón). O tragarse un batido en forma de heces ligaditas (vamos, un marrón) servido en una especie de retrete de loza a escala (“Modern Toilet”, Taipei). ¡Qué asco! ¿O sería más exacto decir ¡qué pena!?
Y es que comer no es solo ingerir comida, deglutir alimentos, llenarse la panza. Comer en las sociedades avanzadas es una actividad placentera en la que intervienen todos los sentidos y a todos hay que prestar atención.
Pues dentro de esa moda de hacer incómodo el yantar parecen tomar fuerza los llamados “restaurantes a oscuras”, que no son otra cosa que locales en los que se da de comer en total oscuridad, privando al comensal del sentido de la vista. Establecimientos que se incluyen en los itinerarios turísticos como una atracción destacada para el viajero. Peregrina idea que se le debió de ocurrir a alguien al socaire del tópico de que cuando falta un sentido, los otros se agudizan. Pero ¿en qué beneficia eso a una comida? Como experimento científico podría servir, pero en la mesa no aporta nada, más bien resta. ¿Nos quitaríamos el tacto de la boca para no saber si la carne está dura o la manzana blanducha? ¿Prescindiríamos del gusto en las papilas para no detectar si esa misma manzana chuchurría está pocha, salada, o picante?
Como disculpa literaria puede estar bien. En el magistral cuento “El amor es ciego” de Boris Vian, que todos los habitantes de un pueblo pierdan la vista de repente y que cuando la recuperan decidan volver a perderla, esta vez para siempre, es un artificio intelectual interesante. Pero que los clientes de un restaurante quieran dejar de ver durante la comida es, cuando menos, esnobismo.
La antesala suele ser un bar a media luz para que el personal se vaya acostumbrando. Trascurrido el periodo de transición (algo así como la descompresión de un submarinista) atraviesas un pasillo cada vez más oscuro que da a una puerta con doble hoja, como los antiguos laboratorios fotográficos. Los falsos invidentes van en fila india, como los niños de una guardería, con la mano izquierda sobre el hombro izquierdo del que le precede. Se chocan. Previamente se les ha requisado todo aquello capaz de producir el más mínimo destello: mecheros, cerillas, móviles, cámaras fotográficas, incluso relojes con esfera fosforescente. En algunos casos te ponen antifaces parecidos a los de los aviones. La norma es que no puedas ver tu mano colocada en la punta de la nariz.
Un camarero, a veces invidente, otras dotado con aparatos de visión nocturna, te lleva hasta la mesa. Ya no te está permitido moverte de allí. Solo en casos de extrema necesidad podrás pedir (otra vez como en la escuela) ir “porfa” al lavabo y te acompañará el camarero.
Todo está colocado según las agujas de un reloj: la copa a la una, el tenedor a las nueve, el cuchillo a las tres… el plato misterioso en el centro. El menú está cerrado y es sorpresa, si no no tendría gracia. Se puede comer con las manos, ¡qué más da! Detectar donde esta la comida es tan difícil como pincharla con el tenedor o acertar a metérsela en la boca. Pierdes la noción exacta de las dimensiones y del espacio. Lo habitual es no diferenciar la carne del pescado, ¿a quién le importa en esas condiciones? Pero el cerebro no descansa e inventa las imágenes que los ojos no pueden ver. Luego, al salir, “recordarás” escenas que nunca has visto y te asaltarán las dudas sobre la higiene del local, sobre su decoración en caso de que exista, sobre el tamaño de la sala, que normalmente se magnifica mientras que se tiende a subir el tono de voz incluso para hablar con el que está al lado.
Eso sí, a la hora de pagar no te admitirán hacerlo a oscuras, solo con el tacto o el oído. Mirarán bien los billetes o la tarjeta, que hay muchos lazarillos de Tormes, y que bueno está lo bueno pero con las cosas de comer no se juega. Volver

Esnifando chocolate

20121203 Esnifando chocolate
No se si el diablo viste de Prada (no la he visto), pero el otro día cuando se acercó a mi llevaba un batín negro con un letrero que decía “Sweets Home”, sin duda uno de los 99 nombres del Averno. En perfecto inglés me preguntó que si quería un tirito de chocolate (chocolate shooting). Ahora lo deben de llamar así. La primera vez que fui a la India alguien me ofreció en Connaught Circus un cheap flight, y no era precisamente un billete de avión low cost, que entonces no existían. Ante la oferta de Satanás no pude (ni quise) resistirme y caí en la tentación. ¿Habrá influido que ya iba por la tercera o cuarta Pater de St. Bernardus, una gozosa cerveza tostada de la abadía de Watou? Puede.
Este Lucifer llevaba en las manos un aparatejo de metacrilato, como una pequeña catapulta doble. Yo me acerqué a él respetuoso, los ojos cerrados, no recuerdo si con las palmas de las manos juntas como manda la tradición de los mudrás, y a la de tres (más bien a la de three) a la vez que él soltaba la carga sobre mis dos fosas nasales yo inspiré con fuerza. ¡Explosión de cacao! Picorcillo. Ya está. Ahora el chocolate sabe más a chocolate hasta que un profundo estornudo lo limpia todo.
El demonio no era el demonio, que era Peter Messely, un afamado chocolatero belga que en 2004 fundó la Sweets Company, una empresa en la que se puede tener todo tipo (casi) de experiencias con el cacao y sus derivados. Ha venido a Madrid de la mano de Turismo de Flandes y se ha traído en la maleta esos artilugios para que el espectáculo no decaiga.
En realidad el chocolate shooter lo inventó en 2007 su colega Dominique Persoone, posiblemente el mejor chocolatero del mundo, el Ferrán Adría del cacao. Resulta que coincidiendo con una gira de los Rolling Stones por Bélgica, Persoone se las apañó para que su amigo, el cocinero Sergio Hermans, le invitase para que confeccionara el postre en una fiesta de cumpleaños conjunta de Charlie Watts (batería) y Ron Wood (bajista). Un año antes había sido el artífice de cubrir con chocolate parte de los cuerpos de docenas de personas que posaron desnudas para el fotógrafo estadounidense Spencer Tunick y tenía que superar la boutade. Así fue, Persoone, consciente de la idiosincrasia de los músicos, inventó la curiosa máquina disparadora de chocolate con la que los Stones pudieron esnifar polvo de cacao mezclado con algunos otros ingredientes más o menos secretos. Aseguran que quedaron encantados. Y dicen las malas lenguas que, cuando Persoone les regaló un shooter a cada uno y les preguntó que tipo de polvo querían, los Stones le contestaron que no se molestase, que la carga ya la pondrían ellos. No sé si creérmelo.
El caso es que ya lo había probado en Amberes de manos directas del inventor, pero he de reconocer que ahora, en Madrid, con Messely (y las Pater), me ha sabido mejor. Será la experiencia.
Pues todo, en medio de la fiesta “Get Together”, que Turismo de Flandes organiza cada año, y que este ha servido para presentar la campaña 2013, que, según nos contó el director de la oficina, Jan Van de Meerssche, y su responsable de prensa, Ángeles Alonso-Misol, estarán centradas en el deporte y la moda. Los cien años de la Ronde Van Vlaanderen (Vuelta ciclista a Flandes) y el 350 aniversario de la Academia de la Moda de Amberes. Habrá que estar atentos. Volver

Mi isla privada


Para que un lugar sea considerado un paraíso turístico tiene que tener al menos dos cualidades: que sea exótico y minoritario. Un paraíso cotidiano, habitual, familiar no tendría ningún interés. Y si es un destino multitudinario, mucho menos. Por eso la imagen que tenemos de ese supuesto edén que todos buscamos es el de una isla tropical, a ser posible casi desértica. No hay nada más exótico ni nada más exclusivo que una isla privada… como la mía.
Pero es muy difícil encontrar a estas alturas una isla desierta. Más aún, lo normal va siendo colonizarlas, urbanizarlas o “desencontrarlas”. Eso acaba de suceder con la isla Sandy. El barco científico australiano SV Southern Surveyor estaba realizando una inspección por los fondos coralinos al este de Australia y como parece que se aburrían, su directora, la doctora Maria Seton, decidió darse un garbeo por esta isla que aparece en los mapas al oeste de Nueva Caledonia. Pero cual no sería su asombro que al llegar al lugar indicado en las cartas de marear no había nada, y en vez de la isla de 30 km. de largo por 5 de ancho solo encontraron agua con una profundidad nada menos que de 1.400 metros.
Hasta ahora nadie se había preocupado de ir hasta allí. Los mapas y las imágenes en Google Earth eran pruebas suficientes de su existencia. Pero incluso el responsable para Australia y Nueva Zelanda de ese buscador geográfico, un tal Nabil Naghdy, se ha quitado el marrón de encima con una frase para la historia de la cartografía: “El mundo está en constante cambio, y mantenerse al tanto de todos ellos es un reto permanente”.
¿Qué ha sucedido con esa isla? ¿Ha pasado por allí David Copperfield y, ¡abracadabra!, la ha hecho desaparecer? ¿O el búlgaro Christo Vladimirov la ha empaquetado con papel azul marino y por eso no se ve?
Lo más sensato sería pensar que se trata de una isla fantasma, ficticia o perdida. Vamos a ver, fantasmas son las que aparecen y desaparecen, generalmente bancos de arena (Sandy significa Arenosa) y que solo sobresalen con la marea baja. Pero los 1.400 metros de profundidad es mucha marea. Las ficticias son las que no existen y nunca han existido. Son parte de un mito, una leyenda, una novela… la Isla del Tesoro de Stevenson, y la canaria San Borondón, son buenos ejemplos. Y las perdidas son las que aún pudiendo existir, no hay constancia de ello, y puede que una catástrofe natural las haya hecho desaparecer. Aquí podríamos situar a la Atlántida de Platón, o la Isla Bermeja en Yucatán, México.
Otra posibilidad es que se trate de un error intencionado, es decir, que algún cartógrafo jocoso la hubiera dibujado adrede para comprobar cuantos de sus colegas le copiaban el trabajo ignorando el copyright. Yo me inclino por esta última, me parece la más verosímil. Yo mismo he practicado esta modalidad en algún que otro reportaje en el que he incluido datos inexactos, inventados por mí, a propósito para ver cual era el recorrido de mi trabajo sin que se me mencionase como autor. Os sorprendería conocer los resultados. Recuerdo una vez que aseguré que en Shanghái desembocaba el río de las Perlas. El dato, más falso que un fuera de juego en un futbolín, pasó por otros reportajes ajenos y es posible que figure ya en alguna enciclopedia sea wiki o no.
Sandy me ha dado la idea e igual lanzo el bulo de que tengo una isla privada, más que nada para dar envidia, que según algunos teóricos del turismo es uno de los motivos principales por los que se viaja. La foto ya la tengo. Volver

De cuando descubrí en Salamanca
lo que allí llaman “chochos”

El concejal de Turismo del Ayuntamiento de Salamanca, Julio López,
durante la presentación. (Foto: Pilar Arcos)

El farinato es un chorizo a lo pobre, pero riquísimo, que sustituye el magro de cerdo por manteca y miga de pan; el hornazo, un tipo de empanada contundente; la chanfaina, un portentoso guiso… Para mí, decir farinato, hornazo o chanfaina es decir Salamanca porque como asegura Julio López, concejal de Cultura y Turismo del Ayuntamiento salmantino: “Salamanca está para comérsela”. Pero si hay una palabra que a mí me evoca todos los placeres charros, su embrujo milenario, su picardía oculta, esa palabra es “chocho”.
Y no penséis mal. No es hasta en su tercera acepción, donde la Real Academia Española indica que esta palabra se refiere a esa nefanda pero imprescindible parte del cuerpo femenino. La primera remite al fruto altramuz, y la segunda a lo que vamos: confite, peladilla o cualquier dulce pequeño.
Pues eso, para mí sinónimo de Salamanca es Plaza Mayor, Casa de las Conchas, Catedral Vieja, Casa Lis… Es Guijuelo, farinato, hornazo, chanfaina… Pero sobre todo es chocho, un dulce muy dulce anisado, parecido a las peladillas, a base de azúcar y canela. ¿Puede haber algo más inocente?
Mi infancia no son recuerdos de ningún patio, pero mi servicio militar obligatorio (vulgo mili) sí son recuerdos de una plaza con olor a café con leche y chochos. La plaza Mayor de Salamanca exactamente.
Muchos años después, acabo de asistir a la presentación para la prensa madrileña de la oferta turística de Salamanca. Julio López ha expuesto las propuestas más novedosas, como “Las llaves de la ciudad”, un plan que muestra al viajero espacios casi inexplorados de la ciudad del Tormes, o el “Club de Productos Salamanca para comérsela”. Iniciativas destinadas a incrementar la cifra de 600.000 viajeros, que son los visitantes que tuvo el año pasado, una ciudad “donde cada día es fin de semana”.
La presentación contó también con la presencia de la gerente de Turismo del Ayuntamiento de Salamanca, Ana Isabel Hernández, de la gerente de Salamanca Convention Bureau, Susana Pérez, y de la directora de Salamanca Ciudad del Español, Carmen Ballesteros, que aprovecharon la reunión para dar a conocer la nueva página web de Turismo de Salamanca, en cinco idiomas (español, inglés, francés, alemán y portugués).
Tras el acto, y ya en el tiempo de las preguntas, alguien inquirió por una de las tradiciones salmantinas más arraigadas, el Lunes de Aguas. Una fiesta que se sigue celebrando el lunes siguiente al lunes de Pascua y que recuerda un hecho singular.
En 1543, Felipe II fue a Salamanca para casarse con María Manuela de Portugal. El hijo de Carlos I solo tenía 16 añitos, pero ya sufría de una estricta mojigatería. Por eso quedó muy afligido por el ambiente de chanza y chacota de la ciudad, mezclado con una buena dosis de libertinaje. Y en vez de aprovecharse de la situación, no se le ocurrió otra cosa que dictar una serie de ordenanzas que obligaban a las prostitutas a salir extramuros, al otro lado del río, durante los días de la Cuaresma.
Ni qué decir tiene que estos decretos no sentaron nada bien la la población en general, y mucho menos a la estudiantil. Menos mal que la abstinencia duraba solo unos días y el lunes siguiente al de Pascua, vigiladas por el Padre Putas (al que más tarde bautizaron púdicamente como Padre Lucas), volvían las fulanas en una especie de romería que dura hasta nuestros días, convertida hoy en una casta fiesta familiar a la orilla del Tormes, en la que lo más pecaminoso es la ingesta de hornazos.
Inevitablemente, del Lunes de Aguas mi mente ha saltado a la Base Aérea de Matacán (a 15 km. de Salamanca), donde hice la mili forzosa cuando Franco agonizaba. Y he recordado ese Café Novelty, que han hecho famoso Unamuno, Martín Gaite y Torrente (me apresuro a puntualizar, porque hay que hacerlo, que me refiero a Torrente Ballester y no al “brazo tonto de le ley” de Santiago Segura). Estaba y está esa cafetería ya centenaria en plena Plaza Mayor salmantina. Allí íbamos los reclutas con nuestra mochila para cambiarnos en el WC el uniforme por la ropa de paisano, creíamos que así nadie se daría cuenta de nuestra condición, aunque el cogote rapado nos delataba. Y de allí saltábamos a las tabernas de las calles cercanas, que por la Vaguada de la Palma bajaban al río, para espantar el frío y la soledad. Estábamos en pleno barrio chino, el barrio chino más literario de España y uno de los de mayor abolengo. “A Toledo, por la espada; a Valencia, por las frutas; a Rioja, por bon vino y a Salamanca, por putas”.
Pero con todo, lo que más me impactó fue un cartelito en el escaparate de la Confitería Madrileña, pegada al Novelty: “Tenemos chochos típicos de Salamanca”. ¿Podéis imaginaros qué evocaciones suscitaba en la mente de un quinto? Su descubrimiento fue todo un acontecimiento que requiere más espacio del que dispongo en este blog. ¡De la que os habéis librado! Volver

Es que el Potala está muy visto


Palacio del Potala de Lhasa, en el Tíbet

Hay tres motivos fundamentales que mueven al lector/espectador/oyente de reportajes o crónicas de viaje. Supongamos que yo publico un trabajo sobre el Tíbet (ya lo he hecho alguna que otra vez). Pues habrá quienes lo lean porque van a hacer ese viaje y quieren documentarse previamente. Otros ya habrán hecho el viaje, y leyendo mi reportaje querrán comprobar que ellos vieron lo que tenían que ver y estuvieron donde tenían que estar, incluso que fueron más listos que yo. Un tercer grupo jamás irá al Tíbet, y lo saben, pero quieren leer el reportaje como el que lee un relato de aventuras, o por el simple deseo de saber más.
Hasta hace poco, al abrir una revista de viajes, o el suplemento viajero de un diario, al sentarnos frente al televisor o poner atención en la radio para ver/oír un programa turístico, había dos opciones claras: que el reportaje fuera sobre un destino más o menos conocido, un sitio al que se podía ir, o que tratase de lugares ignotos, exóticos, misteriosos, a los que muy pocos podían acceder. Los primeros estaban destinados a los que iban a viajar allí o ya lo habían hecho, y los segundos al lector/espectador que “solo” buscaba conocimiento, entretenimiento, distracción, asombro…
Pues bien, este último supuesto ya casi ha desaparecido, porque hoy casi todos los viajeros profesionales, los periodistas que nos dedicamos a este oficio, hemos accedido a todos los destinos imaginables. Recuerdo que no hace tanto (en 1980, bueno, quizá sí hace tanto) cuando publiqué un largo reportaje sobre mi primer viaje a Albania, recibí un puñado de cartas de lectores interesándose por aquel desconocido país como si se tratara de la tierra de los Houyhnhnm de Gulliver. Y eso que estaba (entonces también) en Europa y a menos de 2.000 km. Pero es que eran otros tiempos, cuando Madrid y Tirana no tenían relaciones ni tan siquiera diplomáticas.
Hoy la Antártida está llena de periodistas. En el Perito Moreno hay que hacer cola para subir al glaciar. Hay días en Tombuctú que los fotógrafos (en sus múltiples variedades: cámaras reflex, compactas, móviles, ifones con instagram, incluso tabletas…) son más numerosos que los aborígenes. En el norte de la India, en cuanto te descuidas, un niño te suelta: “Mira, mira, Cachemira”. Y en la Tanzania más remota, un masai te ofrece fuego cogiendo el mechero BIC que guarda en el lóbulo perforado de su oreja derecha.
Hoy deslumbrar al lector con un destino nunca visto es casi imposible. Hace mucho que ya no se descubren machus picchus ni templos de Angkor. Habrá que esperar hasta que alguien consiga meterse en el primer viaje turístico al espacio, y os aseguro que no seré yo.
Así las cosas, creo que la excelencia en reportajes de viajes hay que buscarla en contar de un lugar los detalles que otros no han contado, o lo mismo, pero con otro enfoque, mejor… Aunque de esto no estoy tan seguro. Cada día dudo más de que el lector/espectador busque la calidad. Y no digamos los empresarios periodísticos. Nunca se me olvidará aquel subdirector (¿o era redactor jefe?) de una revista que para rechazarme un reportaje sobre el Tíbet me dijo ni corto ni perezoso: “Es que el Potala está muy visto”. Volver

¡Oh Campa! ¡Oh Porto!


(¿Sabíais lo de la Campanario en Oporto?)


Hay lugares, ciudades, que requieren del sol. Un Caribe nublado ya no es un Caribe. Recuerdo al huracán Ernesto que pasó en 2006 por Jamaica cuando yo estaba allí y como sus nubarrones negros cambiaron totalmente la percepción de la isla en cuestión de horas. Otros lugares, sin embargo, parece que piden niebla (Londres) o lluvia (Dublín). Oporto es de estos últimos, por eso me he alegrado de que cayera esta chuva miudinha cuando he llegado al aeropuerto Francisco Sa Carneiro.
Ya sabía yo que estar en Portugal era como estar en España, pero esta vez la cosa ha ido mucho más allá. Lo primero que me ha dicho el taxista (esa “fuente generalmente bien informada” que en esta ocasión se llamaba Nuno) al enterarse, o sospechar que yo era periodista, es que si había ido por lo de la Campanario. He debido de poner una cara tan rara que sin esperar respuesta ha seguido: “Sí, sí, lo de la mujer de Jesulín”. Aldea global: Portugal es más España que España.
Pues resulta, según la fuente bien informada, que María José Campanario, la mujer del torero Jesulín de Ubrique, se ha matriculado en una universidad de Oporto para seguir sus estudios de odontología, al parecer después de haber sido expulsada de la de Madrid. ¡Y yo sin enterarme! Nuno me miró muy mal. “¡Vaya mierda de periodista!” debió de pensar, o como se diga en portugués. Así que no me atreví a decirle que lo que me llevaba allí era otra cosa. Que me interesaba por la conferencia internacional en la que se iba a presentar el proyecto “Ruta del Patrimonio de la Humanidad en el Valle del Duero” que pretende crear una marca y una estrategia de marketing para “consolidar y promover” el mercado turístico mediante el impulso de la ruta en el espacio del Duero como “eje de desarrollo turístico estratégico” entre la autonomía española de Castilla y León y la Región Norte de Portugal.
“¿No será usted de los que vienen al aeropuerto de Porto (los portuenses llaman a su ciudad simplemente “Puerto”, mientras que nosotros nos empeñamos en llamarla “Elpuerto” todo junto) para no pasar por Lavacolla?, me espeta Nuno seguro de darme otra noticia.
Pues tampoco lo sabía. Sin embargo parece que son muchos, sobre todo españoles, los que van a Santiago de Compostela pasando tanto a la ida como a la vuelta por el aeropuerto de Oporto, incluso muchos de los que utilizan paquetes turísticos, lo que ha levantado las iras de los gallegos mientras que el aeropuerto de Lavacolla pierde pasajeros (un 9,7% menos en los nueve primeros meses del año) y el de Sa Carneiro los gana.
Sigue cayendo el chuvisco cuando llego al Café Majesctic, donde me tomo un quitafrío (café con leche, miel y whisky) posiblemente en la misma mesa en la que J.K. Rowling ideó algunas historias de Harry Potter. También llueve cuando entro en la librería Lello e Irmao, donde se rodaron algunas escenas de una de las versiones cinematográficas de la misma novela. Sin embargo cuando llego a la bodega Ramos Pinto, las nubes ya se levantan y Pilar Arcos puede hacer la foto que ilustra estas líneas con el puente de María Pía cruzando el Duero en el que esperan dos rabelos cargados con barriles de oporto. Que son las cosas que realmente me interesan de aquí. Volver

La muerte en rosa

Cementerio de Chichicastenango, Guatemala


Debe de ser una variante del dichoso Halloween que nos invade de tal manera que ya muchos creen que es algo nuestro de toda la vida. A mí no me gusta reírme de los demás si no empiezo por reirme de mí mismo. Por eso las bromas con la muerte de momento las tengo descartadas. Tiempo (siglos) habrá. Pero el caso es que el dark tourism, el necroturismo, el tanaturismo, vamos, la moda de visitar cementerios, es algo que se va generalizando (sobre todo en estos días de buñuelos y huesos de santo) y ya ha entrado a formar parte de los tours turísticos organizados.
Vaya por delante que no me gustan los cementerios. Ninguno. Ni su estética ni su esencia. Que no veo la gracia (mucho menos la necesidad) de amontonar cadáveres en un lugar determinado, que suele ser lúgubre, mustio, en blanco y negro. Por eso no le veo interés al camposanto de Highgate, donde descansan los restos de Marx; ni al de La Recoleta, con Evita Perón; ni al de Montparnase, con Jean-Paul Sartre; ni al de Zentralfriedhof, con Beethoven; ni al de Père-Lachaise, con Oscar Wilde, Jim Morrison, Édith Piaf… Y no hablemos del Valle de los Caídos.
Auschwitz, Hiroshima, la Zona Cero de Nueva York, incluso algunos lugares que fueron arrasados por el tsunami de 2004, son también destinos turísticos al socaire de las tragedias, de la muerte, pero no es lo mismo. En unos casos la atracción es un personaje célebre, en otros ciertos lugares históricos y sus vicisitudes. La visita a un cementerio ocupado por anónimos solo tiene un motivo: el morbo.
Pero es evidente que muchos turistas gustan de estos escenarios. Yo los eludo. Incluso cuando viajo en grupo con otros periodistas, me suelo quedar a las puertas de las necrópolis y me doy un garbeo por sus inmediaciones para ver a los vivos mientras ellos visitan a los finados.
La proliferación de este tipo de turismo es tal que el Consejo de Europa acaba de reconocer a la Ruta Europea de los Cementerios como “Itinerario Cultural del Consejo de Europa”. Este circuito recorre casi 50 ciudades de toda Europa, entre las que figuran Oporto, Florencia, Estocolmo, París, Londres, Cracovia o Atenas. De España se han elegido camposantos como el de Ciriego en Santander, el municipal de Granada, o el de Polloe en San Sebastián. Según la revista “Adiós”, España es el país con más cementerios de interés turístico, casi 20.
Muy diferente es la celebración del Día de Muertos en México, donde la parca es solo una disculpa para el jolgorio, y el ambiente es multicolor. Como lo es la explosión cromática del Cementerio de Chichicastenango (Guatemala), que ilustra estas líneas en una foto de Pilar Arcos. Aún así me limité a verlo desde fuera, a la distancia de un teleobjetivo de 200 mm. Mucho más que la muerte en rosa, yo prefiero La vie en rose de Édith Piaf. A la que por cierto no pienso ir a visitar en su cárcava parisiense. Que me perdone. Volver

Quien mucho abarca… poco informa



Supón que has viajado a China y que de una revista te piden un artículo sobre tu viaje. ¿Qué te sería más fácil, escribir 2 folios (o si lo prefieres 7.000 caracteres) sobre el Templo del Cielo de Pekín, por ejemplo, o esos 7.000 caracteres repartiros entre 20 lugares pequineses, es decir 350 caracteres por cada lugar? (A título informativo te diré que en este primer párrafo del post ya llevo escritos 421 caracteres).
La respuesta está muy clara: Mejor tocar (rozar) 20 lugares que profundizar sólo en uno. Evidentemente es mucho más fácil cuatro líneas de esto y otras cuatro sobre aquello, que un estudio bien documentado y vivido sobre esa maravilla arquitectónica de la capital china.
Y la respuesta está muy clara porque la ha dado el autor (un poco vago si se me permite). Porque si preguntamos al lector, al que se quiere informar o simplemente quiere pasarlo bien leyendo un texto, la respuesta seguramente sería otra muy diferente. ¿De qué me sirve -podría contestarnos- que me hablen de muchas cosas sin decir nada de ninguna?
Pues eso es algo más frecuente de lo que podríamos imaginar. Supongo que se debe a la escasez de especialistas en todos los sectores. A esa engañifa que nos repiten constantemente de que todos valen para todo, de que cualquiera vale para cualquier cosa.
El resultado son lo que yo llamo “reportajes de pildoritas”. Aquí va un ejemplo real. Hace unos días el suplemento de viajes de un diario nacional publicaba un reportaje con catorce pistas para pasar un otoño placentero. Una de esas pistas dedicada a un restaurante decía textualmente debajo del nombre del establecimiento: “Para cenar y escuchar jazz rodeados de girasoles (en verano); también organizan un festival de cortos”. A continuación, la dirección de internet. En total no más de 110 caracteres, una pildorita sin apenas información y, encima, con una equivocación: se suponía que eran consejos para el otoño y reconocía que los girasoles son veraniegos. Y así multiplicado por catorce.
Supongo que es el eterno problema de la especialización que viene coleando desde que Diderot elaboró L’Encyclopédie en el s. XVIII, pero ahora se ha agudizado mucho más. Los que estudiaban a principios de los años 60 recordarán aquella inefable “Enciclopedia Álvarez, intuitiva, sintética y práctica” en cuya portada aparecía un niño repeinado rodeado (hoy diría acosado) por las Tablas de la Ley de Moisés, unos pulmones amoratados, un triángulo equilátero, un mapa físico de España, un cañón de la Guerra de la Independencia de 1808 y otras lindezas por el estilo. Hablaba de todo (o casi) pero en ella no se aprendía nada (o casi).
Menos mal que hoy tenemos internet, porque las librerías especializadas también están desapareciendo casi al mismo paso que las publicaciones impresas en papel. Volver

5 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Arol
    Oct 25, 2012 @ 11:28:24

    Podríamos buscar un punto intermedio, en lugar de 20 pildoritas, plantear 10 😉

    Aunque la prensa en papel (en la que trabajé mucho tiempo) tiende cada vez más a una información veloz, rápida y que no pida tanto tiempo de lectura al usuario ¿no?

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  2. viajero impertinente
    Oct 29, 2012 @ 08:54:46

    Estoy contigo, Fernando, yo también leí esas recomendaciones de viajes otoñales y es una práctica cada vez más extendida. Como para fiarte. Por cierto, ¿de dónde has sacado la portada de la Enciclopedia Álvarez? ¡Vaya recuerdos!

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  3. Jesús, claro.
    Ene 29, 2013 @ 18:18:09

    Textos muy simpáticos, ingeniosos, instructivos… Y con estupendas fotos. Enhorabuenas, jóvenes artistas.

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