Me voy a Gijón de sidras

(¡Qué más quisiera yo!)


20130421 Sidra 1
Nacho se movía por el lagar de Trabanco (en Lavandera, muy cerca de Gijón) como pez en el agua, atento siempre al vaso vacío del cliente. Lo tomaba en su mano izquierda con delicadeza y firmeza a un tiempo. La botella, en la derecha. El vaso de 12 cm. de altura, debe tener una boca de 9 y un culo de 7, así son las reglas.
Con el cuerpo recto, Nacho estiraba el brazo que sujetaba la botella por encima de su cabeza. En la otra mano tenía el vaso en el que volcaba suavemente el líquido amarillo ligeramente turbio, que formaba una línea recta de lágrimas que se rompía en la pared del vaso inclinado. Cuando la espicha la hacía directamente desde la “pipa” (tonel), el líquido, con más fuerza, formaba una parábola. Buena parte de la sidra rebotaba y caía a un cubo de madera estratégicamente situado en el suelo. Ésa se tiraba, el resto, un par de dedos, formaba un “culín” debidamente oxigenado y listo para ser bebido cuanto antes.
20130421 Sidra 2Así es el rito del escanciado tal y como lo recuerdo (hace bastante que no voy por Gijón, eso habrá que solucionarlo). Pero esta ceremonia me dicen que ha empezado a abandonarse en aras de la comodidad, de la rapidez, de la vulgaridad, del consumismo…
Estoy en la sidrería La Chalana de Madrid, a un paso de la Plaza de España. La sidra es tan buena como aquella (también marca Trabanco) pero el Nacho de turno ha sido sustituido por un aparato escanciador mecánico. El nuevo expendedor es un soporte metálico protegido por paredes de metacrilato transparente sujeto a la pared. El cliente deja en él el vaso en un apoyo inclinado y aprieta un botón verde. De un grifo, situado a un metro de altura, cae la sidra en su medida exacta, con la presión conveniente, sin apenas desperdiciarse nada. Un marcador electrónico controla el número de extracciones. Algo bastante parecido a los grifos de cerveza de algunas cervecerías especializadas.
Pues estoy en la Chalana porque aquí se han presentado las I Jornadas de la Sidra Natural en Madrid que tendrán lugar desde el lunes 22 al domingo 28 de abril en medio centenar de sidrerías y restaurantes madrileños, organizadas por la Sociedad Mixta de Turismo de Gijón con la colaboración del Grupo Trabanco.
Por cinco euritos de nada, se podrán degustar los primeros culines de la nueva cosecha y una cazuela de productos asturianos, además de entrar en un sorteo de viajes a Gijón para conocer de primera mano la “Ruta de la Sidra”.
La cosecha de 2012 ha producido 15 millones de litros de excelente sidra (doy fe), avalada por el certificado de calidad Sidra de Manzana Seleccionada, que desmiente la creencia popular de que en años pares las manzanas sidreras no son tan buenas como las de años impares, lo que se conoce como “la vecería de las pomaradas”. Otro mito que se derrumba. Volver
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Mi amiga flamenca y picante

Mi amiga flamenca y picante
Gante es una de esas ciudades que me enamoran. La primera vez que fui allí (hace ya unos añitos) tuve la suerte de conocer a una gantesa flamenca y picante que me sorprendió y me sorprende siempre que vuelvo. Me gusta toda ella, pero sobre todo su perfume y, permitidme que lo diga, su sabor. Por sí sola sería suficiente motivo para estar deseando ir a Gante, lo confieso, pero la ciudad del Lys con el Escalda tiene mucho más.

Es menuda, abarcable, culta, divertida y medieval. En su día fue la ciudad más importante de Europa después de París. Cuna de Carlos I, el emperador que dicen que dijo “A Dios le hablo en español, a las mujeres en italiano, a los hombres en francés, y a mi caballo en alemán”, aunque hay tantas versiones de esta frase que posiblemente no sea verdadera ninguna.
Aquí Carlos es considerado el “rey español”, el que irritado por la rebeldía de los ganteses les obligó a marchar descalzos ante él, solo vestidos con una camisola, y con una soga alrededor del cuello para pedirle clemencia. Desde entonces a los ganteses se les conoce (y les gusta que así se haga) como “stropkes”, que significa en neerlandés “los que llevan la soga al cuello”.
Hoy con la crisis todos somos “stropkes” y tratamos de evitar que nos aprieten el nudo. Y mientras lo conseguimos o no, pasamos el rato lo mejor que podemos.
Un buen rato es el que paso yo con mi amigaTarro mostaza gantesa. Siempre voy a buscarla al número 3 de Groenmarkt, justo enfrente de la Lonja de la Carne (Groot Vleeshuis). Porque aquí está la tienda donde se vende desde hace casi dos siglos la mostaza típica de Gante, que es esa mi amiga flamenca y picante.
Por fuera parece una farmacia aunque esté pintada de color verde. Por dentro también lo parece. Ordenados anaqueles con recipientes de vidrio y cerámica, que parecen albarelos, en una tienda que ha sido clasificada como patrimonio de la ciudad. Su nombre “Vve. Tierenteyn-Verlent” (Viuda de Tierenteyn-Verlent). En la trastienda, más bien en la rebotica del sótano, se elabora la que para muchos, y yo lo suscribo, es la mejor mostaza del mundo. La que luego se sube a un barril de madera desde donde se servirá a la vista del público con un cucharón de madera en el recipiente que todavía traen de casa los clientes de toda la vida. El viajero podrá elegir entre una amplia gama de tarros de diferentes tamaños.
Espesa, oscura, untuosa, sin conservantes ni colorantes, fuerte, picante… Dicen los entendidos que está deliciosa con el pernil local, el jamón de Ganda. Y es verdad que esta mostaza mejora mucho el sabor del Gandaham, sobre todo para los que conocemos el Guijuelo o el Jabugo y sin querer hacemos comparaciones odiosas.
Cuentan que un soldado borgoñón de Napoleón le contó en la cama a una flamenca, sin duda también picante, mientras se refocilaba con ella, los secretos de la mostaza de Dijon, y que de alguna manera esa fórmula pasó a un tendero local llamado Petrus Tierenteyn, a quien se le ocurrió utilizar semillas oscuras, de un sabor más apreciado por los pueblos germánicos, en vez de las amarillas habituales en la salsa francesa. Así nació la mostaza de Gante en 1840, aunque la tienda ya existía desde 1790. Y así hasta hoy, que ya es parte de los referentes turísticos de la ciudad. Un “imperdible” más como el Cordero Místico, el Castillo de los Condes o el Puente de San Miguel.
Con el tarro bien cerrado para que no me pringue la maleta, vuelvo a Madrid. Cuando la mostaza empiece a acabarse será un signo evidente de que va siendo hora de volver a Gante. Yo mismo me he inventado esta excusa, y de momento me funciona. Volver
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Como un carretero

Como un carretero
Estoy bebiendo como un carretero. He mezclado dos expresiones seguramente ambas infundadas: “beber como un cosaco” y “hablar como un carretero” y he creado la que creo que define mejor mi actual actividad, la que sale en la foto. Estoy bebiendo como un carretero, y eso no significa que haya bebido mucho ni que haya dicho tacos.
Estoy en Lovaina, Flandes, Bélgica. Concretamente en la cervecería Farao en la plaza Oude Markt (Viejo Mercado), la que dicen que tiene la barra de bar más larga del mundo, pero cuando los turistas venimos preguntando por ella recibimos una gran desilusión, pues una barra como tal no existe, y se supone que sería la suma de las diferentes barras de los 34 bares que rodean esta plaza.
Estoy en esta ciudad pues me han invitado a la presentación del Zythos Beer Festival, un gran festival de la cerveza que los próximos 27 y 28 de abril reunirá aquí a un centenar de cerveceros belgas. Dicen que en este país hay más de mil marcas de cerveza. Imposible comprobarlo en tan pocos días. Y estoy bebiendo como un carretero pues me estoy tomando una cerveza Kwak, que se sirve en un vaso específico, porque en Bélgica cada marca tiene su propio vaso con su propio diseño. Así que no hace falta preguntar a nadie qué cerveza está bebiendo; por el diseño del vaso se sabe.
Dice la historia que hacia 1791, en época de Napoleón III, Paul Kwak, regentaba una cervecería y casa de postas llamada De Hoorn (El Cuerno) en la región de Termonde, al norte de Bruselas, donde paraban muchos carruajes. Pero los cocheros no podían abandonar el coche, pues en él llevaban el correo y otros objetos de valor, ni abandonar a los caballos, así que no podían ir al bar a tomarse una cervecita, y eso que en aquellos tiempos no había controles de alcoholemia ni carnés por puntos. Fue entonces cuando al bueno de Kwak se le ocurrió inventar un vaso de cerveza con el culo de bulbo y la boca ancha, que encajaba perfectamente en un soporte de madera que se clavaba junto al pescante. El carretero podía cogerlo con facilidad sin moverse, incluso sin quitarse los guantes de monta.
Hoy el artilugio, que recuerda a los porta-probetas de laboratorio, se sirve en todas las cervecerías con un vidrio (“cáliz” lo llaman) de 25 cm. de altura y capacidad para 0,33 litros. Me cuentan que en algunos antros, para evitar que roben la copa, exigen que el cliente (casi siempre estudiante, Lovaina es una ciudad eminentemente estudiantil) deje en prenda un zapato que se le devuelve cuando retorna la copa. A mí no me han pedido nada, ¿por qué será? A lo mejor es porque no tengo cara de estudiante, ni tan siquiera repetidor.
La Kwak, la única que se bebe así, es una cerveza de doble fermentación (8,1 grados), color cobrizo, aguja muy fina. Se debe de servir entre 5 y 6ºC y con unos 7 cm. de espuma (es una de las cervezas más espumosas) que aparece de color crema y notable textura. El soporte debe de ser de madera clara, lo que le proporciona un buen contraste.
Su sabor, marcadamente dulzón, podría proceder de una frutería tropical: plátano, piña, mango, mezclado con regaliz y malta. Si en boca es dulce, el retrogusto es amargo.
La bebo lentamente. Es verdad lo que dicen, cada sorbo suena “kwak, kwak”, como el nombre de su inventor. En cuanto la acabe me paso a la Delirium Tremens, que va mejor con mi carácter. La Muerte Súbita la dejo para otros. “Gezondheid!”. Creo que he dicho “¡Salud!” en neerlandés, pero a estas alturas ¡vaya usted a saber! Volver
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Otros cónclaves

Otros conclaves
Los ascensores dicen mucho de un hotel, ya lo he comentado en estas mismas páginas . El del Hotel Infante de Sagres, uno de los mejores de Oporto, lo dice todo. Parece sacado de una película policíaca de época con muchos asesinatos. Es, como todo el hotel, tremendamente clásico, con puertas que se cierran manualmente y un curiosísimo banquito para descansar, aunque solo suba cinco pisos. Se echa en falta un ascensorista con cara de póquer. También la llave es de las antiguas, metálica y con un llavero muy pesado, inolvidable.
Pero es de las que no fallan. Dos vueltas a la derecha y entro en mi habitación, la 108, que es como todo el hotel, barroca, recargada, oscura, pero cómoda al fin y al cabo. Realmente sólo una pega: el wifi cuesta nada menos que 22 € por día. Será porque esas moderneces no encajan bien un este escenario intencionadamente vintage. En cierto modo, la estancia es como una Capilla Sixtina, y no exagero. Es una habitación cónclave (literalmente “que se cierra con llave”). Aquí todavía no han llegado las llaves-tarjeta, desentonarían, aunque sí el dinero de plástico, que aceptan de mil amores en la recepción.
Ya es difícil encontrar un hotel de cierta categoría o juventud que no use las tarjetas para abrir la puerta de la habitación. Tarjetas que sirven también para conectar la electricidad. Ventajas: así nunca te puedes dejar encendidas luces ni aparatos cuando sales de la habitación, lo que supone seguridad para todos y ahorro para los gerentes del establecimiento. Inconvenientes: que en los climas tropicales se desconecta también el aire acondicionado y cuando vuelves después de muchas horas, probablemente todo el día, te encuentras la estancia calentorra. Solución: llevar una tarjeta inservible, probablemente de otro hotel, dejarla enganchada durante la ausencia… y esperar que el servicio la respete.
Desde que en 1950 el Diners Club sacase al mercado su primera tarjeta, en aquella ocasión de cartón, para que la usasen sus socios en una treintena de restaurantes de Nueva York, e incluso después de que en 1983 VingCard inventase la llave-tarjeta electrónica, la evolución de esta maravillosa plaquita no ha parado.
En 1975 el noruego Tor Sornes diseñó específicamente para la industria hotelera una tarjeta rígida para abrir puertas. Tenía 32 agujeros cuya diferente colocación permitía obtener hasta 4,2 millones de combinaciones. No pasó mucho tiempo y las perforaciones fueron sustituidas por una banda magnética programable. En la mayoría, esa tira es de color marrón. Son las más baratas, pero a la vez las más proclives a desmagnetizarse por cualquier cosa, por ejemplo si se colocan cerca de algún aparato magnético como un móvil. ¡Cuantas veces hemos tenido que bajar a la recepción por culpa de una tarjeta desmagnetizada, después de haber intentado sin éxito entrar en la habitación! Este tipo de tarjetas, con una vida útil de unos 300 usos, tienen sus días contados.
Hay otras llaves-tarjeta mejores, pero más caras: las de banda negra. Se basan en la tecnología RFID (Identificación por Radiofrecuencia), la misma que se emplea en los peajes de autopistas. Son esas que no hay que meter en ninguna cerradura y que solo con pasarlas cerca de ella el sistema lanza inmediatamente la luz verde y franquea el paso.
Los investigadores, que no paran (para eso les pagan) tienen ya muy avanzada una aplicación para teléfonos móviles que utiliza sonidos con frecuencias muy concretas y diferentes que abren puertas.
Y mientras los hoteles aseguran que no es más que una leyenda urbana eso de que cuando devolvemos la tarjeta al irnos del hotel, allí quedan grabados nuestros datos, la cadena Holiday Inn ha rendido un homenaje a la llave-tarjeta decorando con 200.000 ejemplares la recepción y una habitación (paredes, muebles y hasta la taza del retrete) de uno de sus hoteles de Nueva York. Eso sí que es una pesadilla y no la decoración remordimiento del Infante de Sagres. Buenas noches. Volver

Buenas migas

20130311 Buenas migas
La verdad es que yo me llevo muy bien conmigo mismo. No es que esté encantado de haberme conocido, a diario me reprocho no haber hecho algo o lo contrario, pero en general hago buenas migas con ese Fernando Pastrano que casi nunca se hacía fotos hasta que abrió este blog. “Los lectores de un blog quieren ver fotos del autor en los lugares que describe. Es como si no se fiasen y quisieran comprobar que has estado allí realmente”, me dijo un amigo a modo de consejo, y le he hecho caso.
Pues hoy no una, ni dos, os traigo tres imágenes mías en Shanghái, una de mis ciudades favoritas de mi favorita China. Estoy en el Mercado de Yuyuan, un lugar que, como pasa a menudo, une ser un lugar histórico muy importante desde hace siglos a una zona turística en auge.
Está junto al Jardín de Yuyuan, que es en realidad una redundancia pues “yuan” significa “jardín” y “yu” es algo así como “bienestar”, “felicidad”. Pues bien, este “Jardín de la Felicidad”, diseñado en la dinastía Ming (S. XVI) es uno de los “imperdibles” de la ciudad (¡que forma más tonta de decir que hay que verlo si no te quieres perder algo interesante!) Recorrerlo sin prisas es experimentar ese bienestar tan peculiar que trasmiten los jardines chinos tradicionales. Junto a él se encuentra una de las casas de té más bonitas de toda China, Huxinting (literalmente “Pabellón en mitad del lago”), pues realmente se encuentra en mitad de un estanque cuajado de peces dorados. Para entrar hay que pasar por un curioso puente en zigzag con 9 ángulos. La superstición ancestral cree que los malos espíritus solo se desplazan en línea recta, así que nunca podrán pasar por un puente con ángulos, y mucho menos si son 9, un número auspicioso.
Después de tomarme un té donde lo han hecho reyes y otros grandes mandatarios extranjeros, paseo por el Mercado de Yuyuan, repleto de vida, sobre todo a partir de la puesta de sol. Perfectamente restaurado con casas de puntiagudos aleros (la imagen que todo turista quiere ver en China), está plagado de restaurantes locales y algún inevitable McDonald’s. Cabe destacar la casa Nanxiang, que desde 1900 sirve los famosos xiaolong bao, unas empanadillas o bollos al vapor rellenos de caldo muy caliente que hay que absorber a través de una pajita si no quieres que te exploten en los labios.
Se calcula que por este barrio, conocido genéricamente como Chenghuang Miao, pasan unos 80 millones de turistas cada año, la inmensa mayoría chinos. Y muchos de ellos se dejan embelesar por las mil y una artesanías que allí se venden: porcelanas, papeles recortados, máscaras de la ópera china, farolillos, cometas, cloisonnés, bordados de doble cara, lacas, tabaqueras para esnifar rapé… Si no encuentras aquí el recuerdo chino que buscas, es que no existe.
Callejeando sin rumbo he ido a parar a un pequeño puesto en el que con carteles en un inglés macarrónico (casi siempre el que mejor entiendo) se dice que se hacen estatuillas con la imagen del comprador, “Make a face of yourself”, “Statue to you”. ¡Sorpresa! Se trata de los “mianhua” o “miansu”, una artesanía milenaria que yo creía perdida y que consiste en hacer figurillas con miga de pan coloreada. Algunas fuentes dicen que tiene una historia de unos 4.000 años. Que en tumbas de la dinastía Tang (618-907) han aparecido algunas de estas figurillas, aunque su auge lo alcanzó durante la última dinastía, la Qing, cuando se regalaban y se comían.
Cuentan los libros que un general de la época de los Tres Reinos (220-280) llamado Zhuge Liang, ante la imposibilidad de que sus tropas cruzasen un caudaloso río recurrió al vate, quien le indicó que debía de sacrificar a 49 personas para calmar la ira divina. Como no quería perder soldados, mandó hacer 49 cuerpos de masa y rellenarlos con carne de caballo… y los sacrificó. Engañada, la divinidad los dejó pasar. Visto hoy, esta leyenda podría parecernos un precedente del fraude de las hamburguesas. Sin embargo para los chinos, Zhuge Liang es el gran maestro de las figurillas de miga.
No lo dudo y me siento en la silla frente al artesano para servir de modelo. En el mostrador ya hay algunas figurillas hechas como reclamo. Van desde Cantinflas a Bin Laden, pasando por generales de la ópera de Pekín.
Me cuenta, aunque tengo que sacarle las palabras con calzador, que él ha heredado el oficio de su padre, y que ya casi ningún joven quiere seguirlo. Que mezcla dos tercios de harina de trigo tamizada con un tercio de harina de arroz glutinoso, a lo que agrega miel y glicerina. Que cuece la masa al vapor durante media hora y que añade pigmentos minerales para darle color. Lo que más le cuesta no es hacer mi bigote o mi barba más que canosos, ni una oreja de soplillo que creo que no tengo en la realidad, sino conseguir el tono de verde de mi camisa “hen yì” (muy raro).
Me voy tan contento con mi réplica. He alimentado un poco más mi ego y he contribuido a que no se pierda una artesanía secular. Dudo en si ponerla en una repisa de mi cuarto o comérmela. Volver

Ooooohh!!! Mmmmhh!!

oooohh!!01
Siempre he criticado a los reporteros de TV que cuando prueban una comida ante la cámara, para expresar que les gusta solo se les ocurre decir: “¡Oooh! ¡Mmmh!” y se quedan tan anchos. Pero ahora la cámara indiscreta me ha sorprendido a mí diciendo lo mismo y encima con los ojos cerrados, cercano al éxtasis. Nunca se puede decir de este agua no beberé, ni en este Fòrum Gastronòmic de Girona no me deleitaré.
Y es que (Ooooohh!!! Mmmmhh!!) es el eslogan del Foro bianual que trata de reunir a lo más granado de la cocina. Pero empecemos por el final. Rompiendo la estructura lógica de la narración, permitidme que me salte el planteamiento y el desarrollo (luego los trataré) y me vaya directamente al desenlace.
Somos multitud, más de 700 personas, pues el templo tiene esa capacidad y muchos feligreses se tienen que quedar afuera. Entramos ordenadamente, buscando un asiento. Al poco un personaje vestido de negro ocupa su lugar frente a un atril, en la izquierda del presbiterio. No es un púlpito, pero lo parece. Su voz retumba grave, ceremoniosa, rotunda. Me recuerda al predicador de Les Luthiers en “El sendero de Warren Sánchez”.
En el altar mayor hasta cinco oficiantes con sus ropas rituales concelebran la ceremonia de cara al público, postconciliar. Como hay tanta gente, y desde atrás es muy difícil ver todo lo que hacen, en una gran pantalla a modo de gigantesco retablo en movimiento se proyectan los más mínimos detalles gracias a un juego de cámaras de TV que para sí lo quisieran muchas cadenas. De vez en cuando es como un espejo que devuelve su imagen a los parroquianos. Ite missa est.
Me restriego los ojos y los vuelvo a abrir. Estoy en la Sala Sinfónica del Palacio de Ferias y Congresos de Gerona, concretamente en la presentación de algunas de las últimas creaciones culinarias de esa santísima trinidad que son los hermanos Joan, Josep y Jordi Roca. Antes, el periodista Josep Maria Fonalleras desde el atril nos ha hablado del libro “El Celler de Can Roca”, que promete ser la nueva biblia de esos nuevos sumos sacerdotes que en nuestra sociedad son los cocineros. Los tres hermanos nos han explicado con pelos y señales su nuevo y ambicioso proyecto titulado “El Somni” (El Sueño), una curiosa ópera dividida nada menos que en doce actos… ¡y doce platos!, en la que sin solución de continuidad pasan de la música a la poesía, la pintura y la gastronomía. El estreno de este happening tendrá lugar el próximo 6 de mayo, y será protagonizado por doce exclusivos y privilegiados (?) comensales (cuyos nombres aún no se han revelado) en una cena iniciático-experimental en el Centre d’Art Santa Mònica de Barcelona.
El Fòrum Gastronòmic de Girona ha servido también de escenario para que muchos de los mejores cocineros actuales, como Carme Ruscalleda, Raül Balam, el peruano internacional Gastón Acurio, y el Colectivo 21 Brix, entre otros, presenten sus novedades al pueblo llano y discutan de cocina entre ellos. Y para la entrega del premio Cocinero del Año que ha recaído sobre Albert Marimon, del restaurante La Cava, en Tàrrega (Urgell), un pequeño local de cocina creativa y sencilla con un menú diario de unos 8 euros, toda una revolución.
Durante tres días y bajo el tema central de la Tierra y las interpretaciones de este elemento por parte de los cocineros, unas 2.000 personas hemos recorrido el recinto ferial en el que participaban 300 expositores de toda España y hemos saboreado más de 8.000 catas. Un “éxito rotundo” en palabras de Pep Palau, codirector del Fórum.
Y para celebrar tanta exquisitez, acabo la jornada en el restaurante gerundense La Fundició donde por 29 euros y dentro de la Setmana Gastronòmica Gironina ofrecen un menú degustación de cinco platos a cual mejor, con vinos y cavas del Ampurdán. Volver

Los hermanos Roca en el Fòrum Gastronòmic de Girona 2013 (Foto: Pilar Arcos)

Los hermanos Roca en el Fòrum Gastronòmic
de Girona 2013 (Foto: Pilar Arcos)

Viringos, celedines y el señor Sipán

Museo Tumbas Reales de Sipán (Perú) y un perro viringo (Fotos: Pilar Arcos)

Museo Tumbas Reales de Sipán (Perú) y
un perro viringo (Fotos: Pilar Arcos)

Hoy he cambiado mi habitual sombrero de Panamá ecuatoriano, que utilizo en los lugares soleados, por un celedín peruano que me he comprado hace unos días en Lima. Tiene la ventaja de dar más sombra y ser más molón, pero el inconveniente de su tamaño mucho más abultado. Estoy en Lambayeque, en el norte del Perú, concretamente frente al Museo Tumbas Reales de Sipán, una de las maravillas arqueológicas mundiales, y hace rato que me persigue un juguetón perro calvo viringo.
Este museo llama la atención desde lejos por su color bermellón, que resalta sobre el azul intenso del cielo, y por su diseño inspirado en las pirámides truncadas de la preincaica cultura mochica. Una vez en el interior la expectación no decae cuando vamos descubriendo las dos mil joyas de oro que guarda, y sobre todo la recreación de la tumba del Señor de Sipán, descubierta muy cerca de allí en 1987 por los arqueólogos peruanos Walter Alva y Luis Chero. A la grandeza de este enterramiento hay que añadir que se trata de una sepultura completa de un alto gobernante, con todo su ajuar funerario, algo nada frecuente en una tierra en la que los saqueadores de tumbas (huaqueros) han campado por sus respetos hasta hace poco. Y puede que aún lo sigan haciendo.
Salgo de la fresca oscuridad del museo y estalla la luz seca del exterior. Se agradece la sombra de este sombrero típico de la localidad de Celedín, en Cajamarca, donde la mayoría de la población vive de elaborar estas prodigiosas artesanías con paja toquilla que traen de la selva. Al parecer, fue un ecuatoriano que bajó a estas tierras a mediados del s. XIX quien trajo el oficio de confeccionar sombreros de jipijapa como lo hacían en su país. Pero aquí los shilicos (que así se llaman los cholos locales) le ensancharon el ala y elevaron la copa, sin rebajar la calidad de la fibra y del trenzado.
No se si es por mi sombrero, o por ese sexto sentido que tienen los perros, el caso es que desde que he salido del museo no se despega de mí un cariñoso viringo aparentemente valduendo. Viringo o calato, que de ambas maneras les llaman por aquí a estos perros sin pelo peruanos, emparentado con los xoloitzcuintles mexicanos y los crestados chinos. Dicen algunos expertos que llegaron hasta aquí acompañando al hombre asiático cuando cruzó el estrecho de Bering durante la última glaciación, pero otros aseguran que los introdujeron más recientemente los chinos que vinieron al Perú a mediados del s. XIX. Sea como fuere, tras una época en peligro de extinción, el número de viringos ha crecido mucho, sobre todo después de que en 2001 fueran declarados Patrimonio de la Nación Peruana, con la obligación de mantenerlos al menos en las zonas arqueológicas pertenecientes al Sistema Nacional de Museos.
Da un poquito de grima ver como aguanta desnuda (porque es chica) a pleno sol, pero cuando la acaricio compruebo que tiene una piel dura, paquidérmica, que seguramente ha sido determinante para sobrevivir desde el año 800 a.C., cuando ya existían según puede verse en las cerámicas de la cultura Chavín. ¡Para qué quiero más! Me mira con esos ojitos negruzcos y parece decirme: “Si me acaricias, tienes perra para toda la vida”.
Pero me tengo que ir, la Señora de Cao, otra maravilla arqueológica de la zona, me espera, y no me la puedo llevar. Se lo digo a la pelona y es como si me entendiera. Mientras se aleja me parece oírla canturrear: “Fina estampa, caballero / caballero de fina estampa / un lucero que sonriera bajo un sombrero / no sonriera más hermoso ni más luciera, caballero…” A ver si va a ser la reencarnación de Doña ChabucaVolver

Tirado a la bartola

Tirado a la bartola
Pues sí, es lo que parece. Aquí estoy tirado a la bartola en la cubierta del yate de un amigo en Ría Formosa, en pleno Algarve, rumbo a la isla de la Culatra. Para los mal pensados (que los hay) les diré que no conozco a ninguna Bartola. Es la forma coloquial con la que decimos que estamos sin hacer nada, despreocupados, que no es poco en los tiempos que corren.
Al parecer, bartola desde el punto de vista académico significa barriga o vientre. Así que estoy tirado en este barquito panza arriba. Pues es verdad, y en este preciso momento de la foto me importa todo (o casi todo) una higa, o un bledo. Otros eruditos dicen que es una voz derivada de Bartolomeo, Bartolomé o Bartolo, quien además de tener una flauta con un agujero solo (volvemos a los malpensados) celebra su festividad el 24 de agosto, y como en la mayoría de los pueblos para esas fechas ya han finalizado las cosechas, la gente se dedicaba a holgazanear tumbados por el suelo a la manera de Bartolo, es decir, tirados a la bartola. Es la forma carpetovetónica del italiano “dolce far niente”, la agradable holganza que los ingleses llaman “Delicious idleness”.
Hoy y aquí no hacer nada está mal visto, y para definirlo se utiliza la palabra “holgazanería”, cargada de aspectos negativos. Desde la escuela nos adiestran para que seamos diligentes, para que hagamos muchas cosas, para que no paremos, para “aprovechar” el tiempo. Hay toda una filosofía de vida que se sustenta en el “mientras”. Mientras hago una cosa, aprovecho y hago también otra. Mientras bajo al perro oigo música. Mientras voy en el metro leo un libro. Mientras me ducho canto. Estoy rotundamente en contra. Cada cosa hay que hacerla en exclusividad, con los cinco sentidos, a tope. Para cada cosa hay un tiempo, su tiempo.
A los viajeros empedernidos no se nos suele relacionar con la inactividad. Parece que somos el movimiento personificado. Sin embargo igual que hay una corriente que propugna la “slow food” frente a la “fast food”, la sobremesa frente al bocata de pie, hay quienes apoyamos el viaje sosegado frente al viaje apresurado. Porque aunque en medio de un viaje nos paremos, como ahora lo hago yo en esta mañana soleada algarvía o algarveña (que de ambas maneras se puede decir) en realidad no paramos del todo. La inactividad total, al menos hasta el último suspiro, no existe, el cerebro siempre está activo, incluso durmiendo, como me va a suceder a mi si esta travesía dura un poco más. ¡Cuántas veces he resuelto soñando cómo enfocar un reportaje, cómo titularlo!
Una cosa es estar quieto, actitud hacia la cual tendemos según van pasando los años, y otra muy distinta es estar inactivo. Lo queramos o no, los inputs vienen de todas partes y en todo momento. El calorcillo del sol, el ruido de las olas, la risa de las gaviotas, la cerveza Sagres helada que me van a dar en cuanto Pilar me haya hecho la foto…
Por eso yo casi no leo en los viajes. Siempre me llevo libros, eso sí, temiendo esos tiempos muertos que casi nunca llegan, o ese retraso que, como en el caso de las cenizas del volcán islandés de impronunciable nombre, me dejaron “tirado” en Pekín una semana en 2010. Observar lo que pasa en un aeropuerto es divertidísimo y muy enriquecedor. Quedarte unos diítas extras en la capital china… un regalazo. Incluso una vez que me quedé sólo en una trocha del Amazonas y esperando que mis compañeros volvieran se puso a diluviar, escuchar los ruidos de la selva, imaginar los bichos que me miraban sin que yo los pudiese ver… Siempre hay algo que hacer, en qué pensar.
Tampoco hay peligro de aburrirse. El aburrimiento es producto de la rutina, y si el viaje está medianamente bien organizado es todo lo contrario de la rutina. Si un viaje es rutinario, ya no es viaje. El viaje es continua mudanza.
Así que me uno a Lessing, un escritor alemán de la Ilustración que dijo: “Seamos perezosos en todo, excepto en amar, beber y en ser perezosos”.
Tirado a la bartola no me he dormido. Disfrutando del sol en esta corta travesía, he estado pensando en lo que os iba a decir en este post. Y ya huelo la cataplana de almejas que nos están preparando en el chiringuito ilustrado “A do Joao” en la playa del Farol. Después de otro paseíto por la arena, volveremos esta tarde a Faro, y esta noche me voy a Tavira para oír los fados de Ana Marques. ¡Viva la pereza!, una pereza bien entendida, claro. Volver

Banda sonora

Tango en el Viejo Almacén de Buenos Aires (Foto: Pilar Arcos)

Tango en el Viejo Almacén de Buenos Aires (Foto: Pilar Arcos)

¡Ta tachán! Música y viajes están más relacionados de lo que pudiera parecer. Hay destinos (muchos más de los que piensas) que son fundamentalmente musicales, o al menos en los que la música es una parte muy importante. ¡Qué sería de Jamaica sin el reggae! de Lisboa sin el fado, de Nueva Orleans sin el jazz, de México sin los corridos de los mariachis, de Brasil sin la bossa nova, de Buenos Aires sin el tango. ¡Turu tuturu turururú!…
La música nos aguarda en muchos países, en muchos lugares. Y otras veces la llevamos con nosotros como llevamos la ropa en la maleta o las ideas en el cerebro (el que las lleve, que tampoco quiero faltar a nadie). Todos tenemos una banda sonora de nuestra vida, la mía por edad y por convicción está repleta de Beatles. Pero también tenemos una banda sonora de nuestros viajes. Sonidos de ciudades, de campos, de trenes. ¡Piiiiiii piiiiiii!
La música es algo fundamental que nos acompaña en las largas esperas de los aeropuertos, en los a veces tediosos tiempos muertos de los hoteles, incluso en algunos desplazamientos especialmente insulsos. Para mi la mejor forma de dormir en un avión -bueno, dormir es mucho decir-, de llegar a un estado cuasi catatónico, somnoliento es inyectarme música directamente en el tímpano a través de unos auriculares. Zzzzzzzzzz.
Al menos desde el invento del mp3 y del iPod, a principios de esta década, es evidente que la música nos acompaña a todas partes. Desde entonces es muy difícil ver por la calle una oreja (especialmente si pertenece a un joven) libre del pinganillo. Pero mucho antes ya existían los Cds portátiles y los walkman de cintas cassettes, hoy descansando en la otra vida. Incluso los receptores de radio de onda corta. “Habla Radio España Independiente, estación pirenaica“. Tará tararararara…
Igual que muchas veces sólo recordamos claramente lo que vemos en una foto (a mi me pasa constantemente, por eso me gusta fotografiarlo todo), otras veces una determinada música nos trae a la memoria un determinado lugar sin que ese sonido y ese sitio tengan aparente conexión. Para mí, por ejemplo, “Wake Me Up Before You Go Go” de Wham!, es sinónimo de Pekín. Y no tienen nada que ver, pero resulta que yo vivía en Pekín en 1985 cuando ese dúo británico fue a actuar a la capital china. Era uno de los primeros grupos de pop extranjeros que lo hacían y abarrotaron el enorme Estadio de los Trabajadores. Fue todo un acontecimiento. Naturalmente fui a verlos, aunque apenas me sonaba su nombre, y con la entrada regalaban una cassette con esa canción, que luego puse en mi apartamento pequinés una y otra vez. Hoy, siempre que la vuelvo a oír me acuerdo de Pekín, van unidas indefectiblemente.
La música es parte de la cultura, y para mi viajar es ante todo cultura. Conocer un país es verlo, tocarlo, gustarlo, oírlo: vivirlo. Por eso siempre he querido recomendar en la guías que se publican al final de los reportajes de viajes, además de monumentos, hoteles y restaurantes, músicas relacionadas con el destino. El día que a este blog le pueda poner una sintonía musical seré feliz. Bueno, cási. Y dejarme de tanta onomatopeya. Tuda, tunda, tunda… Volver

Gatito Lai Lai

Gato de la suerte en una tienda de Hunan, China (Foto: Pilar Arcos)

Gato de la suerte en una tienda de Hunan, China (Foto: Pilar Arcos)

Seguro que los has visto en muchas ocasiones amontonados en las tiendas “todo a cien”, en escaparates de otras tiendas llamando la atención de los posibles compradores, en algún programa de televisión, en anuncios, en dibujos animados y en páginas web. Parecen pertenecer al mundo del cómic manga, pero son mucho más antiguos. Cuando hace años vi el primero en una tienda de China y pregunté qué era eso, la dependienta me dijo: “Zhaocai Mao”. Ya que mi chino es limitado y no la entendía insistió: “Lai lai xiao mao”, algo así como “Gatito Lai Lai”, que es como yo llamo desde entonces a los gatitos de la suerte.
“Xiao mao” significa “gatito”, y “lai lai”, “ven, ven”. Es decir son esos gatitos que moviendo su pata dicen a los transeúntes “Ven, ven” pasa a la tienda. Desde hace siglos son muy populares en los países de Extremo Oriente y desde algo menos en los occidentales a donde nos han llegado pasando antes por Estados Unidos.
Se les conoce como los Gatos de la Suerte porque se supone que atraen clientes y con ellos dinero. Antiguamente eran estatuillas de porcelana que los comerciantes japoneses colocaban a la entrada de su tienda. Reproducía a un típico gato rabón japonés, blanco con manchas y de cola corta, parecida a la de un conejo. Siempre estaba sentado sobre sus patas traseras y levantaba una de las delanteras. Si era la derecha, significaba que atraía el dinero, y si era la izquierda atraía clientes, que venía a ser lo mismo.
Su nombre en japonés es Maneki Neko. “Maneki” significa “invitar a pasar” y “neko”, “gato”. Así pues, puede traducirse por “el gato que invita a entrar”. Sin embargo, el origen más remoto de este gatito está en China, donde lo llamaban “Zhaocai Mao” (Gato que llama a la Riqueza).
En China se dice que cuando un gato se acicala la cara con una pata es porque algún desconocido se acerca. Alegan que los gatos se ponen nerviosos cuando detectan la proximidad de extraños y reaccionan de esa manera.
En Japón añadieron historias. Así, dicen que durante el periodo Edo (1603-1868) un noble señor feudal que andaba de caza fue sorprendido por una fuerte tormenta y se refugió bajo un árbol. En la puerta de un templo cercano había un gato que le indicó varias veces con su pata que se acercara. Intrigado, el caballero se aproximó al animal segundos antes de que cayese un rayo sobre el árbol. Agradecido, el noble tomó bajo su protección al gato y donó una importante cantidad de dinero al templo. Cuando murió el felino mandó construir una figura del “Maneki Neko” que colocó sobre su tumba en un cementerio que creó especialmente para gatos. Todavía hoy puede visitarse, es el templo de Goutokuji y está en Tokio.
Pero las leyendas nunca van solas y aunque la anterior es la más extendida, otra cuenta que un príncipe viajaba a caballo por un bosque cuando un gato se interpuso en su camino hasta que le obligó a cambiar de sendero para no atropellarlo. Al día siguiente el príncipe descubrió que en el primer camino le habían tendido una emboscada para matarlo.
Hoy, olvidado su origen legendario, solo sirven para atraer fortuna en sus diferentes tipos y colores, aunque todos mantienen unas características comunes.
Siempre es una gato sentado sobre sus patas traseras y con una de las delanteras alzada. En la otra mano algunos sujetan una moneda antigua japonesa llamada “koban”, frecuentemente sustituida por carteles con frases de bienvenida. Lleva un collar generalmente rojo del que cuelga un cascabel cuya misión es ahuyentar a los malos espíritus. Debajo del collar lleva un
babero verde, que se asocia a una deidad protectora de la infancia.Sobre la pata alzada (que en los “maneki neko” antiguos era fija) suele llevar alguna leyenda en caracteres chinos. La más habitual dice: “Por favor entra. Eres bienvenido”.

Hay de muchos colores, cada uno con un significado distinto. El dorado es el más habitual y, como no podía ser de otra forma, atrae el dinero y la salud. El tricolor: blanco, negro y rojo, atrae la buena suerte, especialmente en los viajes. Así que todos nosotros deberíamos de tener uno. El blanco simboliza todo lo positivo, la falta de maldad. El plateado, larga vida. El negro repele el mal. El rojo elimina el dolor y las enfermedades. Y el verde protege a los estudiantes y les da buena suerte en los exámenes. Volver

Adiós a las brujas belgas de Buenos Aires

Estación y vagón del subte de Buenos Aires

Estación y vagón del subte de Buenos Aires

Para mí, hay tres cosas que marcan la pauta de cómo es una ciudad: sus mercados, su metro (si lo tiene, claro) y los anuncios que pasan por sus canales de TV. La primera es evidente, casi nadie la discute. La segunda está cada día más aceptada. Y la tercera es todavía algo por descubrir para muchos. Así que siempre que puedo me doy una vuelta por el metro. En Buenos Aires esta costumbre es ya una obligación, un rito ineludible, aunque ya no podré ver más a las brujas belgas del subte, se las han llevado. ¡Lástima!
Y es que los metros, todos los metropolitanos, son referencias magníficas, escenarios incomparables para situar en ellos mil y una historias. Desde novelas sarcásticas (ahora recuerdo “Amor se escribe sin hache” en la que el maestro Jardiel Poncela dice que uno de sus personajes iba a tomar la línea Sol-Ventas para sol-ventar un asunto) hasta películas policíacas. ¡Ah, aquel inefable metro de Nueva York en French Connection con una de las mejores escenas de intriga que jamás he visto!
Cortázar, el genio argentino que nació en Bélgica, decía que al metro de Buenos Aires los porteños lo llaman “subte”, como si tuvieran miedo a la palabra completa y acortándola de alguna forma la desacralizaran.
Pues el subte bonaerense es noticia, triste noticia, porque acaban de jubilar sin ERE ni nada a los vagones más antiguos del mundo en funcionamiento. Concretamente a los construidos en 1913 en Brujas, Bélgica, de ahí que se les llame “las brujas” o “las belgas”. Formaban parte de la primera línea de metro puesta en funcionamiento en Sudamérica y la más antigua todavía en servicio regular, ya que aunque en el metro de Budapest quedan aún algunos vagones de 1896 solo realizan recorridos turísticos.
En las brujas belgas de Buenos Aires viajaban a diario miles de personas en sus bancos de madera originales, desgastados por el roce de tanto culo, incluído el mío. Viejos pero eficaces, con sus espejos descascarillados y sus lamparas de tulipa que daban una luz opalina que parecía el preludio de un tango. Ya nadie abrirá manualmente esas puertas chirriantes, porque los que dicen que eran inseguros se han impuesto a los que creemos que eran historia viva. Han sido la disculpa -una más- para que los políticos se enzarzaran en otra pelotera en la que el jefe del gobierno de la ciudad, Mauricio Macri, ha ganado a la presidenta del país, Cristina Fernández. Batalla entre el conservadurismo y el justicialismo populista que tomaron como rehenes a unos inocentes vagones de metro.
Desafortunadamente no llegó a tiempo la solicitada declaración de Patrimonio de la Humanidad que muchos bonaerenses pretendían, y que les hubieran salvado de la hoguera, y las 90 pobres brujas belgas han sido desahuciadas meses antes de cumplir sus primeros cien años. En su lugar circularán 45 flamantes vagones de última tecnología Made in China. Para los nostálgicos, la triunfante Alcaldía de la capital ha prometido que una veintena de los viejos coches de madera serán indultados y acondicionados como aparcamientos de bicicletas a la salida de algunas bocas céntricas del subte. Triste y estático destino.
Pero ya no será nunca lo mismo. Y no los veremos más transitar por esos oscuros y enigmáticos túneles en los que nadie sabe lo que pasa. El pasado jueves, sin ir más lejos, en el metro de Madrid se coló un perro que estuvo deambulando por los túneles tres días hasta que apareció muerto por atropellamiento. Se ignoran los detalles.
Porque lo que pasa en esas galería lúgubres, y mucho menos en las estaciones clausuradas pero no demolidas (“estaciones fantasmas”, las llaman), nadie lo sabe. El propio Cortázar tiene un cuento sublime titulado “Texto en una libreta” (1966) en el que cuenta como en una inspección de rutina comprueban que un día entraron en el subte de Buenos Aires 113.987 personas y al final de la jornada habían salido 113.983 sin que nadie le diera mayor importancia. “Y sentí algo que no estaba por debajo del horror”, recuerda el autor de Rayuela. ¿Dónde se quedaron las cuatro que faltaban? ¿Cuántas veces habrá pasado esto y en cuántos metros? ¿Vivirán? Y si viven ¿cómo lo hacen? Las brujas belgas saben mucho de eso, pero nunca lo contarán. Volver

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5 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. delmo
    Ene 21, 2013 @ 08:43:52

    Espléndido, como siempre, querido colega.

    Responder

  2. Miguel
    Ene 29, 2013 @ 16:04:42

    Vaya trabajo de investigación el de los gatos chinos. A partir de ahora los veré de otra maner.

    Responder

  3. delmo
    Feb 04, 2013 @ 09:06:43

    A mí me ponen Sugar, aquella edulcorante canción de los Archies, y me transporto al Benicarló de hace 50 años, igual que La Traviata me remite a Budapest o el jazz a Praga. Lo de Bob Marley es de libro, claro: Jamaica. ¡Qué cosas!

    Responder

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