Once grifos de cerveza belga

Batería de once grifos de cerveza

“¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes?”. Cando Jardiel Poncela se hacía esta pregunta en el título de una deliciosa novela de los años 30 del siglo pasado, no se planteaba una duda menor de la de si es posible que exista un bar con once grifos de cervezas diferentes.
En cuanto a las doncellas, no voy a desvelar aquí la incógnita. Hay que leer el libro. Y por lo que se refiere a la cerveza, claro que los hay, y hasta con 366 grifos. Pero el caso que nos ocupa tiene la singularidad de que se trata de once tipos de cerveza de un mismo lugar, Bélgica, país cervecero por excelencia.

Saber tirar bien la cerveza es imprescindible para apreciar todos sus matices

¿Cuál es la mejor cerveza del mundo? Para un irlandés seguramente será su pinta de Guinness, mientras que para un madrileño castizo no habrá nada como una Mahou (pronunciado Mau) bien fresquita. Para gustos están los colores… y los sabores.

Chimay roja, producida en una abadía trapense

Alemania, Chequia, Austria, Polonia, incluso Estados Unidos, Brasil o China pueden disputarse tal honor. Y sin duda Bélgica, responsable del 1% de la producción de cerveza en todo el mundo. Un paraíso para los amantes de esta bebida, con más de 1.500 variedades diferentes agrupadas en cuatro métodos principales de fermentación: baja, alta, espontánea y mixta. Y lo que es más asombroso, cada variedad tiene su propia copa con la forma adecuada para mejorar el sabor de la cerveza en cuestión. Esta estricta distinción de cervezas puede parecer algo generalmente reservado para el sofisticado mundo del vino, pero los belgas se toman su cerveza realmente en serio. Tanto que su bebida nacional fue declarada el año pasado por la Unesco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Stella Artois, posiblemente la cerveza belga más conocida

Y dentro de Bélgica destaca Flandes con más de 450 variedades. De las 160 fábricas de cerveza que hay en toda Bélgica (dicen que en este país hay más de mil marcas), un centenar se encuentra en suelo flamenco.

Etienne Bastaits, chef del Atelier Belge de Madrid

Pues ahora, en pleno barrio cervecero de Madrid, Chamberí, el restaurante Atelier Belge (Taller Belga) acaba de inaugurar una barra con once grifos de cervezas de aquel país. Etienne Bastaits, su chef, apuesta así por reforzar el espíritu de brasserie de su local. En el piso de arriba, un comedor elegante y acogedor para degustar platos típicos de la cocina belga, como los celebérrimos mejillones con patatas fritas, los caracoles, el scholle (pescado seco), el magret de pato, o el foie mi cuit. Con postres a base de chocolate, o quesos con sirope de Lieja. Pero también fusiones como el costillar ibérico confitado durante 43 horas.

Un Manneken Pis preside la barra

En la planta baja un bar más informal, una barra presidida por un Manneken Pis, una cervecería especializada con aperitivos que van desde los ya mencionados mejillones a las croquetas de quisquillas y la fricandelle, salchicha de elaboración propia.
Arriba y abajo la reina es la cerveza, después del agua y del té, la bebida más consumida en todo el mundo.

El Atelier Belge en la calle Bretón de los Herreros 39

Una batería de once relucientes grifos que dispensan espumosos chorros de felicidad. Desde la clásica Te Deum, rubia o tostada, a elegir; a la Chouffe, de alta fermentación y más cuerpo; o la fragante Gauloise.

Los grifos desde el interior de la barra

La Charles Quint Keizer Karel es cremosa y densa, ligeramente dulce con aromas afrutados. También es cremosa la Tripel Karmeliet, aunque más refinada y compleja. La Blanche de Namur, de color amarillo pajizo, tiene un aroma frutal con un toque cítrico y su espuma es densa y fina. La Grand Cru es algo más compleja con un final largo y sutil. Una de las referencias de las famosas cervezas de abadía es la Tongerlo, de alta fermentación y cierto amargor, agradable y característico. También es muy apreciado el tenue ahumado de la Cornet, muy refinada y peculiar, mientras la conocidísima Stella Artois, equilibrada y de fino regusto, compite favorablemente con la frescura reconfortante de las cervezas más convencionales. La Chimay, en sus cuatro variedades, se produce en una abadía trapense.

Selfie con una Kwak en su característica copa

Pero también hay disponibles otras cervezas embotelladas, como la Kwak, una de mis preferidas, de doble fermentación, 8,1 grados, color cobrizo y aguja muy fina. Quizá parte de su éxito radique en que se sirve en un curioso recipiente que recuerda a un porta-probetas de laboratorio. Un vaso con el culo de bulbo y la boca ancha, que antiguamente encajaba perfectamente en un soporte de madera que se clavaba junto al pescante de los coches de caballos. Así el carretero, sin bajarse del vehículo podía cogerlo con facilidad.

El maestro cervecero José Luis Ramírez, observado desde la pared por la bruselense Audrey Hepburn

En el acto de presentación a la prensa especializada intervino José Luis Ramírez Rodríguez, propietario de las cervecerías Oldenburg, maestro cervecero por la “universidad” de Lovaina, con experiencia de más de 40 años, quien nos explicó algunos de los intríngulis del mundo de la cebada y el lúpulo.

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